Audrey Valentine pasó su carrera como detective del NYPD. El 11 de septiembre de 2001 corrió hacia las Torres Gemelas mientras todos los demás huían. Trabajó semanas en la morgue identificando restos, algunos de amigos y colegas. Hoy carga con trastorno de estrés postraumático crónico y una enfermedad de piel —prurigo nodularis— directamente vinculada a su exposición en Ground Zero.
Su hijo, Harrison Fields, exsubsecretario de prensa del segundo gobierno Trump, escribió esta semana en el New York Post lo que debería ser una obviedad: su madre no mereció el 9/11. El problema es que dentro del Partido Demócrata esa frase ya no es tan obvia.
El candidato que pidió «contexto» para 3.000 muertos
Abdul El-Sayed, candidato demócrata al Senado por Míchigan, hizo campaña junto a Hasan Piker, un personaje mediático que sostiene que América «mereció» los atentados. Cuando le preguntaron al respecto, El-Sayed no se distanció de esas declaraciones: dijo que debían verse «en contexto». Contexto para el asesinato de casi 3.000 personas en suelo americano.
La ganadora de primaria que llamó al 9/11 «consecuencia inevitable»
Melat Kiros, miembro de los Socialistas Demócratas de América, ganó esta semana la primaria demócrata para el Congreso en Colorado. Según la fuente, calificó tanto los atentados del 9/11 como la masacre del 7 de octubre en Israel de «consecuencias inevitables» de la política exterior estadounidense e israelí. No tragedias, no atrocidades: inevitabilidades. Como si los terroristas simplemente siguieran un guion escrito por sus víctimas.
Incluso James Carville, estratega demócrata de toda la vida, calificó a Kiros de «un puente demasiado lejos» para su partido. Que un veterano del establishment necesite hacer esa corrección en público dice todo lo que hay que saber sobre hacia dónde va la base.
No es la periferia de internet
Estos no son tuiteros anónimos. Son candidatos a escaños federales, respaldados y financiados por funcionarios en ejercicio, con plataforma para sugerir que los civiles americanos se lo buscaron. Los bomberos que subieron las escaleras mientras las torres caían no se lo buscaron. Los trabajadores de oficina, los conserjes, los pasajeros de cuatro aviones secuestrados que intentaron resistir: tampoco.
Hay una diferencia real entre debatir la política exterior americana —legítimo en cualquier democracia— y excusar la matanza masiva como respuesta justificada. El Partido Demócrata lleva semanas sin trazar esa línea.
Lo que está en juego
Esto no es un problema de mensajería electoral. Es una pregunta sobre principios básicos: si un partido no puede decir, sin matices ni «contextos», que Estados Unidos no mereció el 9/11, ha perdido algo más fundamental que votos. Ha perdido el hilo que conecta a una fuerza política con el país al que dice representar.
Los contribuyentes y ciudadanos que financian con sus impuestos las campañas de estos candidatos —a través del aparato de donaciones y el ecosistema progresista— merecen saber exactamente qué están avalando. Que no te lo cuenten.



