Un video que se viralizó en redes sociales mostró a un grupo de turistas visiblemente desconcertados mientras viajaban en un taxi por Avenida del Libertador en Buenos Aires: decenas de autos avanzaban de frente hacia ellos. La escena parecía un accidente esperando ocurrir. No lo era, o al menos no necesariamente.
Lo que el video captó es el funcionamiento de los carriles reversibles, un sistema implementado por la Ciudad de Buenos Aires para mejorar la fluidez del tránsito en los horarios de mayor congestión. La lógica es simple: en lugar de mantener fijo el sentido de circulación de ciertos carriles, se invierte según la franja horaria, destinando más vías al sentido con mayor demanda.
El Ministerio de Movilidad e Infraestructura porteño confirmó a La Nación cuáles son las franjas horarias en que cada carril opera en cada dirección. La señalización no es un misterio: sobre cada carril reversible hay señales luminosas —funcionan como semáforos aéreos— que indican si el carril está habilitado o prohibido para circular en ese momento.
El propio video viral no permite determinar quién, si alguien, estaba infringiendo las normas: no se sabe el horario exacto en que fue grabado. Eso es clave. Sin ese dato, acusar al taxista o a los otros conductores es puro relato.
Lo que sí está claro es el riesgo de ignorar la señalización. Ingresar a un carril reversible en el sentido incorrecto puede provocar choques frontales. Las autoridades advierten que no se debe entrar a un carril «porque otros lo hacen»: la única referencia válida es la señal luminosa ubicada sobre ese carril específico. Reducir la velocidad al aproximarse y observar la señalización aérea son las dos recomendaciones básicas.
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El episodio ilustra algo más amplio: la infraestructura urbana puede ser inteligente y funcional, pero su eficacia depende de que los conductores la conozcan y la respeten. No es un problema de burocracia ni de exceso regulatorio; es un problema de información y cultura vial. Un sistema que optimiza el uso del espacio público existente —sin gastar en obra nueva— es exactamente el tipo de solución pragmática que merece difusión, no pánico viral.
Que no te lo cuenten: antes de compartir el video con el título «taxista loco», conviene saber qué hora era. El relato se cayó solo.



