Donald Trump no suele desperdiciar una broma cuando lleva carga política real. El lunes, con el senador Ted Cruz a su lado en la Casa Blanca, el presidente soltó la lógica más descarnada del juego de Washington: «Todos los republicanos votarán por él. Todos los demócratas votarán por él, porque quieren sacarlo del Senado de una buena vez».
La frase arrancó risas, pero el cálculo detrás es serio. Trump tiene 53 escaños republicanos en el Senado, un margen que puede evaporarse con dos o tres deserciones. Si necesita confirmar a un juez de la Corte Suprema, la aritmética lo obliga a buscar votos cruzados. Cruz, según Trump, sería la solución perfecta: brillante abogado, constitucionalista reconocido, y tan incómodo para la izquierda en el Senado que hasta sus adversarios preferirían verlo en una toga vitalicia.
El perfil jurídico de Cruz no es cosmético. Graduado de Princeton y Harvard Law, fue Procurador General de Texas hasta 2008, cargo en el que defendió con éxito los Diez Mandamientos en el Capitolio estatal y resistió la presión federal para reabrir los casos de 51 ciudadanos mexicanos condenados por asesinato en Estados Unidos. Ganó su escaño en 2012 y lo retuvo en 2018 y 2024.
El contexto de fondo es más urgente de lo que parece. El juez Clarence Thomas cumplió 78 años en junio; Samuel Alito tiene 76. Si Trump quiere blindar la mayoría conservadora en la Corte antes de que termine su mandato, necesita actuar. Cada mes que pasa es un riesgo actuarial que ningún cálculo político puede ignorar.
El problema: Cruz no quiere el puesto. En septiembre de 2020, cuando Trump ya lo había incluido en una lista de posibles nominados, el senador fue directo ante Fox News: «No lo deseo. Quiero estar en la batalla política». En 2016 dijo lo mismo con otras palabras: «Creo que puedo hacer mucho más bien combatiendo en todo el espectro político».
Ahí está la paradoja que el establishment de Washington rara vez admite en voz alta: el hombre que más conviene al sistema —el que despeja el tablero para todos— es el que menos quiere el honor.
Contrafuego lo lee así: Trump usó el humor para exponer la hipocresía del proceso de confirmación. La izquierda que lleva años atacando a Cruz como peligro para la democracia estaría encantada de enviarlo a una corte donde no puede presentarse a la reelección ni liderar una bancada. Eso no es elogio; es alivio. Que el senador texano lo rechace dice más de su carácter que cualquier currículum: prefiere el ruido de la arena al silencio vitalicio de una toga. En un Washington donde cada cargo es una recompensa, eso es, por lo menos, coherente.



