El príncipe Harry vive en California una existencia que sus propios allegados describen como «bastante sin sentido». Según fuentes citadas en medios británicos, está «desesperadamente solo» y «sin hacer nada real en América». Su popularidad en el Reino Unido ha caído hasta el punto de que, junto a Meghan Markle, figura entre los miembros más impopulares de la familia real, solo por encima del príncipe Andrés.
Mientras tanto, el ejército británico atraviesa su propia crisis. El total de personal militar ha caído durante la última década. Su capacidad para proyectar fuerza y sostener operaciones se considera cuestionable. El conflicto entre Estados Unidos e Irán expuso esas carencias ante el mundo. Y el gobierno laborista, aunque ha prometido incrementar el gasto en defensa, enfrenta la presión política de un presupuesto devorado por el Servicio Nacional de Salud, las pensiones y el gasto social. Cumplir el objetivo del 2% del PIB exigido por la OTAN se logró, según el análisis, mediante «trucos contables» que incluían pensiones y operaciones de mantenimiento de la paz.
En ese contexto, David L. Leal, investigador del Hoover Institution y profesor en la Universidad de Texas en Austin, propone una solución que pocos habrían anticipado: devolverle a Harry un papel militar activo.
Los méritos sobre el papel son reales. Harry se graduó de la Real Academia Militar de Sandhurst, sirvió una década en el ejército, alcanzó el rango de capitán, completó dos tours de combate en Afganistán y, según relata en su autobiografía «Spare», mató a 25 combatientes enemigos desde su helicóptero Apache. También cofundó los Juegos Invictus para veteranos heridos. Es, en términos de credibilidad castrense, lo que la clase política británica no tiene.
Leal propone restituirle sus títulos honoríficos militares, convocar foros sobre financiamiento y capacidades reales de las fuerzas armadas, y lanzar una campaña para inspirar a jóvenes a alistarse. Incluso menciona la posibilidad de liderar una campaña de bonos de guerra.
Hay señales de que la puerta no está del todo cerrada. Según reportes, el rey Carlos y Harry trabajan en lo que se denomina el «Proyecto Deshielo» para reducir la tensión. La reciente visita de la pareja a Australia fue más exitosa de lo esperado, y esta semana están en el Reino Unido.
Contrafuego lee esto con claridad: el problema de Harry no es solo personal, es estructural. Seis años de guerra mediática contra la corona, acusaciones públicas contra su familia y una mudanza construida sobre el relato de la víctima no se borran con una visita. Pero el fondo de la propuesta de Leal señala algo más importante: las democracias occidentales llevan décadas subcontratando su seguridad a los Estados Unidos mientras financian burocracia y Estado de bienestar. El Reino Unido no es la excepción. Si hace falta un príncipe mediático para recordarle a la opinión pública que los ejércitos no se sostienen solos, algo ha fallado mucho antes en el debate político. Que no te lo cuenten.



