El 28 de octubre de 1886, el presidente Grover Cleveland tomó la palabra en el puerto de Nueva York para inaugurar la Estatua de la Libertad. Lo que dijo ese día vale más que cualquier discurso de comité que hayamos escuchado en décadas.
Cleveland comenzó reconociendo el gesto de Francia: «El pueblo de los Estados Unidos acepta con gratitud de sus hermanos de la República Francesa la gran y completa obra de arte que hoy inauguramos». No era protocolo vacío. Era la afirmación de que dos repúblicas compartían un proyecto común: demostrarle al mundo que un gobierno fundado en la voluntad popular era posible y deseable.
Después vino lo que ningún redactor de discursos moderno se atrevería a escribir. Cleveland describió la estatua no como un monumento turístico ni como un símbolo de diversidad gestionada, sino como una deidad guardiana «haciendo guardia ante las puertas abiertas de América», superior a todos los dioses celebrados en la antigüedad porque no empuña rayos de terror sino una antorcha. El mensaje era directo: la libertad ilumina, no intimida.
Sobre la llama que la estatua sostiene, Cleveland fue explícito en su significado proyectado al mundo: prometió que ese fuego no se apagaría, y que su reflejo cruzaría el Atlántico para unirse a otras luces hasta que, en sus propias palabras, «la libertad ilumine al mundo».
La estatua en sí tiene una historia que conviene recordar. Diseñada por el escultor francés Frédéric-Auguste Bartholdi e ingeniada por Gustav Eiffel, fue prometida en 1865 como celebración de la abolición de la esclavitud, el fin de la Guerra Civil y el centenario de 1776. Bartholdi comenzó el trabajo en 1875. Fue presentada oficialmente al ministro estadounidense en Francia, Levi P. Morton, el 4 de julio de 1884. Llegó a su hogar permanente en Liberty Island recién a finales de 1886.
Cien años después, el 3 de julio de 1986, Ronald Reagan rededicó la estatua con palabras que cerraban el círculo: «Somos los guardianes de la llama de la libertad. La sostenemos en alto esta noche para que el mundo la vea, un faro de esperanza, una luz para las naciones».
Dos presidentes, un siglo de diferencia, el mismo principio sin adornos.
Contrafuego lo lee así: lo que Cleveland y Reagan articularon no era retórica de campaña. Era una filosofía de gobierno — la libertad como responsabilidad activa de los ciudadanos, no como dádiva administrada por el aparato estatal. Hoy, cuando la burocracia expande su perímetro con cada nueva regulación y cada nuevo programa, conviene volver a leer esos discursos. La llama no se mantiene sola. Y la historia registra con precisión quiénes la alimentaron y quiénes la apagaron.



