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Opinión · Análisis

Europa se muere de calor mientras sus élites se felicitan por sus emisiones

Décadas de dogma climático dejaron a millones de europeos sin aire acondicionado durante una ola de calor mortal. Francia registró cerca de mil muertes en exceso. La lección es la opuesta a la que predica la izquierda.
Imagen generada con IA
lunes 6 de julio de 2026

Francia registró aproximadamente 1.000 muertes en exceso durante el pico de la ola de calor. Las morgues de París se quedaron sin espacio refrigerado para los cadáveres. Camiones de bomberos rociaban agua en plazas y parques. Hospitales y hogares de personas médicamente vulnerables sobrecalentados. Eso es lo que produce, en la práctica, el modelo climático europeo que tanto admiran los progresistas americanos.

El caso de Luca Funaro lo resume todo. Según un reporte del Wall Street Journal citado en la fuente, este parisino de 32 años con una enfermedad genética grave —que depende de silla de ruedas y ventilador— lleva dos años bloqueado por sus vecinos para instalar un aire acondicionado en el patio de su edificio. Argumentan que haría demasiado ruido. Su familia ha gastado miles de dólares en tribunales. Mientras tanto, él soporta temperaturas récord. Los vecinos dicen actuar por el bien común. El que carga el peso es el que menos puede cargarlo.

Eso no es virtud. Es colectivismo con nombre bonito.

En Nueva York, el alcalde Zohran Mamdani —quien en su discurso inaugural del 1 de enero declaró que reemplazaría «la frialdad del individualismo rudo con el calor del colectivismo»— le pidió a los ciudadanos por redes sociales que pusieran el AC a 78 grados Fahrenheit y desenchufaran lo que no usaran porque la red eléctrica estaba al límite. El Estado sabe cuánto frío mereces.

El senador Bernie Sanders aprovechó la ola de calor europea para exigir acción climática contra «la codicia de la industria de combustibles fósiles». Tiene razón en una cosa: Europa es una lección. Pero no la que él cree.

Según el MIT, citado en la fuente, calentar edificios contribuye significativamente más a las emisiones de gases de efecto invernadero que enfriarlos. Sin embargo, ningún político europeo serio propone que las familias renuncien a la calefacción artificial en enero. La doble vara es estructural.

Y los estadounidenses no deberían creerse del todo a salvo. La red eléctrica de Nueva York está al límite precisamente porque los demócratas cerraron la planta nuclear de Indian Point, proceso completado en 2020 y 2021. Esa planta suministraba aproximadamente una cuarta parte de la electricidad de la ciudad sin emitir dióxido de carbono. No la reemplazaron con energías renovables: la sustituyeron casi uno a uno con gas natural.

Resultado: los mismos políticos que eliminaron la fuente de energía limpia más confiable ahora le piden a la gente que apague las luces durante las olas de calor.

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El relato se cayó solo. Décadas de regulaciones, metas de emisiones y hostilidad cultural hacia el aire acondicionado no enfriaron el planeta. Solo dejaron a los más vulnerables sin herramientas para sobrevivir el verano. Las sociedades que prosperan ante los extremos climáticos no lo hacen rezando a los acuerdos de París: lo hacen con energía abundante, infraestructura confiable y la libertad de que cada individuo decida cómo protegerse.

Mientras Europa cuenta sus muertos, sus élites siguen congratulándose por su superioridad moral. Que no te lo cuenten.

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