El régimen iraní acaba de confiscar la histórica iglesia evangélica de San Pedro en Teherán y expulsar a las 20 familias que vivían en el recinto. La acción no es un accidente burocrático: es una señal deliberada, y así lo leyó el pastor iraní Sasan Tavassoli, quien citó las palabras textuales de los funcionarios responsables.
«Les preocupaba América todos estos años. América llegó. Nos abofeteó. Le devolvimos la bofetada. Y luego América se retiró. Ya no le tenemos miedo», declaró Tavassoli al medio The Free Press.
Las palabras no dejan margen de interpretación. La confiscación se produce en el contexto de un historial documentado de persecución religiosa: según la fuente, más de 300 cristianos fueron arrestados en Irán solo en 2024. El templo de San Pedro tiene raíces en una misión estadounidense del siglo XIX, lo que lo convierte en blanco simbólico de primer orden para el aparato.
El presidente Donald Trump había descrito a los nuevos líderes iraníes como «personas muy racionales» y «no radicalizadas» como sus predecesores. La toma de la iglesia choca de frente con esa caracterización. No hay nueva cúpula ideológica: hay continuidad de personal o de doctrina, que para los efectos prácticos es lo mismo.
A esto se suman las violaciones reiteradas del alto al fuego —disparos contra embarcaciones en el Estrecho de Ormuz y ataques en distintos países de la región— y, como remate, la reciente declaración de la Asamblea de Expertos de Irán exigiendo la muerte del primer ministro israelí y del «criminal presidente americano», calificándolo de obligación religiosa que debe cumplirse «bajo cualquier circunstancia».
Eso es lo que Teherán entiende por diplomacia y «nueva hoja».
Lo que hace especialmente reveladora la confiscación de la iglesia no es el gesto retórico sino el hecho consumado: propiedad tomada, familias expulsadas, acción irreversible. No es un comunicado de prensa. Es el ejercicio del poder estatal contra civiles inocentes.
La lectura de Contrafuego es simple: cuando un régimen confisca propiedades, persigue minorías religiosas y llama públicamente al asesinato de jefes de Estado aliados, no existe ningún marco negociador que cambie la naturaleza de ese interlocutor. El libre mercado, la propiedad privada y la seguridad de las personas requieren socios que respeten reglas mínimas. Irán no las respeta. Cualquier acuerdo que ignore ese historial no es diplomacia: es aplazamiento con firma.



