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Opinión · Análisis

La América colonial duplicaba su población cada 20 años: las seis lecciones que el progresismo no quiere que conozcas

Benjamin Franklin lo calculó en 1755: tierra accesible, trabajo, frugalidad y fe producían ocho hijos por mujer. Hoy el relato oficial ni siquiera se molesta en explicar por qué eso desapareció.
Foto: dailywire.com
lunes 6 de julio de 2026

En 1750, el maestro de escuela Gottlieb Mittelberger llegó a Pensilvania enviado por el Duque de Wurtemberg y quedó pasmado. «Cuando uno entra a una casa, la encuentra generalmente llena de niños», escribió. Filadelfia, anotó, «está literalmente repleta de ellos».

No era exageración. El sacerdote anglicano Charles Woodmason, enviado en 1766 a los asentamientos escoceses-irlandeses en las Carolinas, describió a sus feligreses con dureza —«los hombres más bajos y viles que respiran»— pero no pudo ignorar el dato: «No hay una cabaña que no tenga 10 o 12 niños pequeños».

Benjamin Franklin fue más riguroso. En su ensayo de 1755 Observations Concerning the Increase of Mankind, calculó que las tasas de matrimonio y natalidad en América eran el doble que en Europa: un promedio de ocho nacimientos por mujer en el Nuevo Mundo frente a cuatro en el Viejo. La población se duplicaba cada 20 años por crecimiento natural. Su explicación fue directa: la tierra era abundante y barata, «un hombre laborioso que entiende de labranza puede en poco tiempo ahorrar suficiente para comprar una parcela donde sustentar a una familia». Esos hombres, dijo Franklin, «no temen casarse» y lo hacen jóvenes.

El teólogo de Harvard Edward Wigglesworth escribió en 1775 que ese ritmo de crecimiento «no tiene paralelo en los anales de Europa» y estimó que los americanos superarían en número a sus hermanos británicos en apenas 50 años.

El fenómeno no fue puntual. Los primeros dos siglos de colonización puritana en Nueva Inglaterra registraron nueve hijos por pareja en promedio. Las 90 familias de Billerica —hoy suburbio de Boston— contaron 1.043 hijos: un promedio de 11 por hogar. El demógrafo Jim Potter concluyó que la tasa de crecimiento natural de Massachusetts y Connecticut en la segunda mitad del siglo XVII fue «extremadamente inusual, si no única, en la historia humana».

Y el patrón se repitió. Entre 1932 y finales de los años cuarenta la tasa de matrimonios se más que duplicó. La edad promedio de primer matrimonio tocó mínimos históricos en 1956: 22,5 años para hombres y 20,1 para mujeres. Para 1970, más del 95% de los adultos estadounidenses estaban o habían estado casados. La tasa de fecundidad subió de dos hijos por mujer en 1930 a 3,625 en 1957: un alza del 80%.

El historiador Allan C. Carlson, autor de The American Way y Family Cycles, identifica en estos episodios seis principios recurrentes: tierra accesible, trabajo productivo, frugalidad como virtud, fe activa, roles diferenciados y comunidad local. No son ideología; son el registro histórico.

Aquí está la pregunta incómoda que la burocracia cultural prefiere esquivar: si el modelo funcionó durante cuatro siglos y en ciclos repetidos, ¿qué lo deshizo? La respuesta no está en la demografía; está en las decisiones de política, en la destrucción sistemática de los incentivos para formar familias y en el reemplazo del hogar productivo por la dependencia del aparato estatal.

Contrafuego lo dice sin rodeos: cuando el Estado subsidia la soledad y penaliza la familia numerosa —vía impuestos, regulación laboral y adoctrinamiento cultural—, los números de Franklin dejan de cuadrar. El relato se cayó solo. Que no te lo cuenten.

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