Hay dos maneras de llegar a Estados Unidos. Una es nacer ahí y darlo por sentado. La otra es cruzar un océano huyendo de un régimen que te quitó todo, y entonces sí entender lo que tienes.
Lisa Daftari, analista de política exterior e hija de inmigrantes iraníes, eligió el 4 de julio para publicar en el New York Post una columna que no pide disculpas por amar a su país. Todo lo contrario.
Su padre llegó a Nueva York a los 17 años con una beca del gobierno del Sha, un diccionario de inglés abierto sobre el escritorio y varios empleos simultáneos para pagar las cuentas, aprender el idioma y asimilarse. Nunca volvió a Irán como había planeado. Construyó una vida aquí y, según escribe su hija, «hizo a sus hijos americanos».
Eso, dice Daftari, es la herencia que recibió. No una conferencia sobre la libertad. Un ejemplo de ella.
Lo que sigue en su texto es una pregunta incómoda, formulada sin rodeos: ¿cómo es posible que hijos y nietos de inmigrantes que escaparon de regímenes totalitarios terminen en campus universitarios americanos «pledging allegiance» —según sus propias palabras— a Hamás, a Hezbolá, a la misma República Islámica que arrestaría a sus madres por mostrar el cabello o ejecutaría a sus familiares por su sexualidad?
«Es la herencia más extraña del mundo: huir de un lugar y luego romantizarlo desde la seguridad», escribe. «La generación de mis padres lo habría encontrado irreconocible. Yo también».
Daftari señala que cada vez que aparece en televisión con el cabello descubierto y dice exactamente lo que piensa, está haciendo algo por lo que una mujer en Teherán podría ser golpeada en la calle. No lo menciona como mérito propio, sino como medida de la distancia entre los dos mundos.
El artículo también mira hacia adelante: menciona que su hijo pequeño ondeará una pequeña bandera americana en un desfile. Enseñarle lo que costó ponerla en sus manos, dice, es su trabajo, igual que fue el trabajo de sus padres con ella. «No a través del agravio. A través de la gratitud».
La columna fue publicada con motivo del 4 de julio, aunque Daftari también hace referencia al «semiquincentennial» americano —el 250 aniversario de la independencia, que se celebrará en 2026— como horizonte simbólico para los millones de iraní-americanos dispersos por el país.
Que no te lo cuenten. La gratitud de quien perdió la libertad y la recuperó vale más que toda la teoría crítica acumulada en una década de posgrados financiados con dinero de los contribuyentes. La diferencia entre quienes saben lo que cuesta un país libre y quienes lo heredaron sin coste es, exactamente, la diferencia entre construir civilización y demolerla desde adentro.



