Una diplomática jordiana cuyo mandato es proteger a mujeres y niñas soltó un suspiro exasperado mientras escuchaba el testimonio de una israelí que describió su violación durante el 7 de octubre. Ilana Gritzewsky, la sobreviviente, tuvo que rogarle: «¿Me puedes mirar?». La Relatora Especial de la ONU Reem Alsalem permaneció impasible.
Eso no es un incidente aislado. Es la institución funcionando exactamente como fue diseñada.
En el último mes, la burocracia de derechos humanos de la ONU escaló su campaña para condenar a Israel por genocidio. El 16 de junio, la Representante Especial del Secretario General para la Infancia en los Conflictos Armados, Vanessa Frazier, incluyó a las Fuerzas de Defensa de Israel en una lista negra junto al Ejército ruso y el ISIS. Turquía, con sus operaciones documentadas contra los kurdos, no figura. Cuando el embajador israelí Danny Danon protestó, Frazier intentó acallarlo a gritos, prescindiendo del protocolo diplomático.
El 23 de junio llegó el remate: un informe de casi 100 páginas de la Comisión Internacional de Investigación del Consejo de Derechos Humanos que acusa a Israel de «genocidio y otros crímenes atroces» contra niños palestinos. El problema no es solo la conclusión; es lo que el informe omite deliberadamente.
No hay una sola mención al hecho de que Hamás utilizó hospitales, escuelas y edificios residenciales como bases militares. No se registra que sus combatientes no usaban uniformes ni que impidieron activamente a civiles evacuar pese a las advertencias israelíes previas. El derecho internacional no prohíbe operar donde hay civiles cuando el adversario los usa como escudo; el informe llama «genocida» cada operación israelí precisamente por esa presencia civil que Hamás garantizó.
El resultado es un documento que, según el análisis del investigador Ben Cohen de la Fundación para la Defensa de las Democracias publicado en el New York Post, retrata a Israel como «la Alemania nazi reencarnada» sin probar la intención —requisito expreso de la Convención de Genocidio de 1948— y sin preguntarse qué habría pasado si Hamás no hubiera invadido Israel el 7 de octubre.
Ese relato no se queda en Ginebra. Los candidatos de los Socialistas Demócratas de América que arrasaron en primarias demócratas el mes pasado lo difunden sin parar. Influencers de derecha con audiencia republicana también lo amplifican. La ONU les provee las municiones.
Aquí está el principio en juego: los contribuyentes estadounidenses son los mayores donantes individuales a la ONU entre todos sus estados miembros. Es decir, están financiando la infraestructura —comités, comisiones especiales, relatores— cuyo propósito demostrable es convertir a Israel en el paria supremo del orden mundial mientras Hamás, Rusia o el ISIS reciben trato diferenciado.
Eso se llama doble vara. Y tiene precio en dólares reales. La administración Trump tiene razón en empujar hacia atrás: ningún gobierno que respete a sus ciudadanos debería seguir pagando por su propia difamación.



