Hay preguntas que deberían ser fáciles para quien lleva el rótulo con orgullo. «¿Cuál es la diferencia entre un demócrata y un socialista democrático?» No lo es, al parecer, para Nithya Raman.
Cuando el periodista de CNN Elex Michaelson le hizo esa pregunta, Raman no ofreció ninguna definición ideológica. Su única respuesta, según recoge la fuente, fue afirmar que los socialistas se preocupan más por los inquilinos. Eso fue todo.
Ni una palabra sobre la propiedad de los medios de producción. Ni un principio filosófico. Solo un grupo de interés electoral disfrazado de doctrina.
Eso no es un tropiezo verbal. Es una estrategia.
La fuente lo describe con precisión: los socialistas llevan tiempo en una campaña de «corazones y mentes» para suavizar su imagen. Zohran Mamdani —otro referente del movimiento— se presenta como el tipo simpático que salta a la piscina con traje. La confiscación de riqueza se rebautiza como «impuesto a los multimillonarios». Y el socialismo, de repente, es solo parques públicos y semáforos que funcionan.
Raman siguió el mismo guion. Llegó a afirmar que quiere superar la política del «paga y juega», como si el socialismo hubiera inventado al político sin ambiciones personales. Como si la burocracia no tuviera sus propias formas de clientelismo.
Michaelson llegó a preguntarle directamente si se consideraba capitalista. Raman esquivó esa también.
Lo que sí dijo, y en esto no le falta razón, es que «los angelinos están listos para algo nuevo». La fuente señala que, tras cuatro años de mala gestión bajo Karen Bass, esa afirmación tiene sustento. El problema es que el socialismo no es nuevo: es, según la misma fuente, «una de las ideas más antiguas del mundo» y una que, en su criterio, nunca ha funcionado salvo en contadas excepciones como los kibbutzim israelíes —aunque, apunta con ironía la fuente, los socialistas estadounidenses no son precisamente fans de Israel.
Raman eligió la etiqueta. Debería poder defenderla.
Que no te lo cuenten. Lo que quedó expuesto en esa entrevista no fue ignorancia: fue el método. El socialismo vende mejor cuando nadie pregunta qué es. En cuanto aparece una pregunta directa, el relato se disuelve en generalidades sobre inquilinos y alumbrado público. El libre mercado tiene defensores que explican sus principios. El socialismo, al parecer, prefiere el eslogan a la definición. Y eso, para quien aspira a gobernar una ciudad, no es un detalle menor: es la advertencia.



