No es un panegírico fácil ni una postal de turista. Es una carta filosófica, escrita por una mujer canadiense, dirigida a Estados Unidos con motivo de su próximo 250 aniversario —que aún no ha llegado— y publicada en Daily Wire. Y su argumento central incomoda por igual a izquierda y derecha.
La autora parte de una premisa que pocos se atreven a enunciar con tanta claridad: las libertades que ella goza como ciudadana canadiense no son producto de Ottawa, sino del pensamiento, la audacia y la existencia de la república al sur. «Soy una mujer canadiense», escribe, «pero en el sentido más profundo que importa —uno que apela a la naturaleza y no a los pasaportes— soy tu hija».
El núcleo del argumento no es sentimental. La autora sostiene que el acto fundacional de Estados Unidos fue sacar la igualdad y la libertad del reino del mito, la costumbre y el accidente histórico, e inscribirlas en la naturaleza misma. «Todos los hombres son creados iguales.» Esa frase, dice, no depende de hábitos ingleses ni de temperamento protestante: depende del alma. Por eso cualquier extranjero puede reclamarla.
Desde ahí ataca dos lecturas que, según ella, no entienden lo esencial de la verdadera naturaleza de Estados Unidos: la de quienes lo ven como una «nación proposicional» y la de quienes todavía esperan que sea una «nación de herencia». Ambas, escribe, «miss the point» —no captan la revolución real detrás de lo que América hizo y de lo que América es.
La carta también advierte sobre el peso de esa fundación. Si la igualdad y la libertad son verdades naturales, su alcance es universal y su exigencia ineludible. Estados Unidos, argumenta, está «condenado por sus propios primeros principios a preocuparse por el destino de la libertad en todas partes». No por ambición imperial, sino por coherencia filosófica.
Y lanza una advertencia que merece leerse despacio: cuando Estados Unidos se cansa de sí mismo, cuando trata sus palabras fundacionales como eslóganes vacíos, no es solo él quien se pone en peligro. Un mundo que ya desconfía de la razón concluye entonces que hasta el intento más noble de fundar la política en la naturaleza es un fracaso. «Tu decadencia se ofrece como prueba de que el anhelo de libertad debe someterse, al final, a alguna nueva forma de despotismo suave, administrativo y "científico", ordenado y sin alma».
La fuente disponible recoge una de las dos tentaciones que la autora identifica como amenazas actuales: la idolatría de la herencia, reducir América a una continuidad de sangre y costumbre, «una historia étnica disfrazada de filosofía». El texto se interrumpe antes de completar la segunda tentación.
Que no te lo cuenten. En un momento en que buena parte del mundo occidental busca excusas para rendirse ante la burocracia, el relativismo o el paternalismo estatal, una voz desde el norte recuerda por qué la piedra angular no puede retirarse sin que el arco se derrumbe. El libre mercado, la propiedad privada, el gobierno limitado y los derechos naturales no son costumbres americanas: son, si la autora tiene razón, verdades humanas. Defenderlas no es arrogancia. Abandonarlas sí es traición.



