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Corrió 42 kilómetros, terminó en fisioterapia y ya firmó para la próxima: la lógica absurda del maratón

Un corredor aficionado relata su primer maratón en Toronto: dolor rotativo, goo de astronauta y la pregunta inevitable de si repetirlo fue una buena idea.
Foto: dailywire.com
lunes 6 de julio de 2026

Hay hobbies que te hacen miserable y aun así vuelves. El maratón es el rey de esa categoría.

El escritor confiesa que terminó el Toronto Marathon —su primer maratón completo— y lo está pagando entre sesiones de fisioterapia por una lesión de tendón. No revela su tiempo. Solo aclara que nadie a su alrededor en la meta «parecía haber nacido en Kenia».

El culpable, según él, es Mick Jagger. El vocalista de los Rolling Stones explicó en una entrevista cómo mantiene su forma física bien entrados los 70: corriendo. Eso bastó para que nuestro protagonista pasara de trotes de tres millas a los 26.2 de distancia completa.

El año anterior había corrido un medio maratón y cruzó la meta con una conclusión clara: suficiente. Duró lo que tardó su prometida en sugerir el Toronto Marathon completo. Dijo que sí.

Eso, dice, es la esencia del running: «hacerte miserable en busca de una meta arbitraria, sufrirla, sentirte brevemente orgulloso y preguntarte si puedes hacer algo todavía más estúpido la próxima vez». El llamado «runner's high» existe, admite, pero llega después del sufrimiento, no durante.

El entrenamiento en Toronto tiene su propio capítulo de horror: veranos con humedad sofocante, inviernos bajo cero y, como alternativa, la pista cubierta del YMCA local donde 15 vueltas equivalen a una milla. Un recorrido de 10 millas exige 150 vueltas al mismo óvalo. «Entre el ejercicio y la guerra psicológica», lo define.

La sabiduría profesional recomienda llegar a unas 37 millas semanales de entrenamiento. Ellos llegaron a 20 como máximo. Las seis millas restantes el día de la carrera las fue descubriendo su cuerpo sobre la marcha: primero la rodilla izquierda, luego la cadera derecha, el pie izquierdo, la rodilla derecha. El dolor, escribe, «no llega como un solo problema sino como una especie de bandeja giratoria que rota por todo el cuerpo».

Los espectadores pusieron los carteles: «ChatGPT no puede ayudarte aquí», «El dolor en francés significa pan» y el más honesto de todos: «La terapia también era una opción». Los fotógrafos oficiales de la carrera, en cambio, se posicionan estratégicamente en la mitad de las cuestas para capturar al corredor en su momento más desmoralizado.

El combustible de carrera son pequeños sobres de gel azucarado que se ingieren cada tres o cuatro millas intentando no vomitar. El envase tiene «el aspecto estéril y futurista de la comida de astronauta». Y como los astronautas, los maratonistas no pierden oportunidad de recordarte que corrieron un maratón.

Que no te lo cuenten: hay algo genuinamente valioso en empujarse más allá del límite que uno mismo se fijó, en terminar algo difícil sin que nadie te lo exija ni te lo pague. En un mundo que vende el confort como virtud y la exigencia como trauma, el maratón es un acto de rebeldía silenciosa contra la mediocridad cómoda. El cuerpo duele. El tiempo es mediocre. Y aun así, se vuelve a firmar. Eso dice más de una persona que cualquier declaración de valores corporativos.

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