Donald Trump está en California recaudando fondos para los republicanos y defendiendo su historial económico. Los números nacionales le dan argumentos: el PIB creció 2.1% en el primer trimestre y 1.5% en el segundo, el desempleo se mantiene en 4.2% y la inflación, aunque incómoda en 3.5%, no ha desbordado la economía incluso con un conflicto activo en Medio Oriente.
Detrás de esa relativa estabilidad hay una decisión estructural: Trump puso a Estados Unidos en la ruta de la independencia energética desde su primer mandato. Bajo esa administración, el país superó a Rusia y Arabia Saudita para convertirse en el mayor productor de petróleo del mundo. La revolución del gas de esquisto —impulsada por el fracking que los demócratas han combatido sistemáticamente— abarató la energía. Y la intervención exitosa contra Nicolás Maduro incorporó petróleo venezolano a los mercados globales, amortiguando los precios.
California tomó el camino contrario.
Bajo Gavin Newsom y la maquinaria demócrata, el estado ha desmantelado su propia industria de combustibles fósiles. El resultado es que California depende hoy del petróleo extranjero, buena parte proveniente del Medio Oriente, que llega en buques cisterna atravesando el Estrecho de Ormuz y cruzando el Pacífico. Más emisiones de carbono en el trayecto, más costos para el consumidor final.
Las cifras no mienten: California tiene los precios de gasolina más altos de toda la nación y los segundos costos energéticos más elevados del país, solo por detrás de Hawái. Y ocupa el cuarto lugar en tasa de desempleo entre todos los estados.
Trump forzó la reactivación del campo petrolero offshore Sable, que Newsom resistía. El gobernador llegó a pedir en 2020 que California «se pusiera seria» con la energía durante un apagón. Luego volvió sin pausa a sus políticas «verdes» radicales.
El auge de la inteligencia artificial genera nuevas oportunidades y recaudación fiscal en el estado. Pero ningún boom tecnológico compensa indefinidamente una política energética que encarece cada litro de gasolina y cada kilowatt que consumen las familias trabajadoras.
La lectura de Contrafuego: Lo que ocurre en California es el experimento progresista en su versión más cara y más documentada. El aparato estatal clausura la producción local, importa energía a precio de lujo desde regímenes inestables y le pasa la factura al ciudadano de a pie. No es mala suerte: es la consecuencia lógica de subordinar la economía real al relato verde. Mientras tanto, la política de libre empresa y abundancia energética de Trump sostiene los números nacionales. La doble vara es perfecta: Newsom critica a Trump desde un estado que necesita, urgentemente, hacer exactamente lo que Trump hace.



