El dinero de los contribuyentes desaparece en Flushing, Queens. No hace falta buscarlo mucho.
Una investigación del New York Post identificó 77 Centros Sociales de Cuidado Adulto (SADC) en apenas una milla cuadrada del barrio. Juntos facturan más de 100 millones de dólares al año a Medicaid. Eso es el 14 por ciento de todo el gasto estatal en centros de día.
Los reporteros visitaron los más grandes. Encontraron puertas cerradas. Salas vacías. Trabajadores que se negaron a hablar.
En Livingwell Day Care, las luces estaban apagadas sobre filas de mesas desocupadas. No había ningún paciente a la vista. Aun así, el centro facturó 27 millones de dólares entre 2018 y 2024, según datos federales. Un empleado en recepción echó al periodista y amenazó con llamar a la policía. La instalación no ha sido acusada de ningún delito.
En Bao Kang Adult Day Care, una trabajadora identificada como Wendy dijo tener entre cien y doscientos pacientes diarios. Detrás de ella, los monitores de seguridad mostraban cada sala completamente vacía. El centro facturó 32 millones de dólares por 43.900 pacientes únicos en el mismo período.
Los números totales son difíciles de ignorar. Sunrise Senior Service: 45 millones de dólares. Evergreen Adult Day Care: 32 millones. Greater New York Social and Health: 28 millones. En conjunto, los SADC de Flushing facturaron 733 millones de dólares entre 2018 y 2024.
Ninguno de estos centros ha sido acusado formalmente de fraude. Pero el contexto pesa. En febrero, dos hombres fueron imputados por robar 120 millones de dólares a Medicaid durante diez años a través de dos SADC que operaban en la zona.
Kenny Chan, farmacéutico local, describió el esquema a The Post. Los pacientes llegan preguntando por «beneficios». Esa es la palabra en clave para los sobornos ilegales: el centro o la farmacia factura a Medicaid y le devuelve al paciente entre 500 y 1.000 dólares al mes. El centro, mientras tanto, embolsa más de 3.000 dólares por paciente. Chan dijo que rechazó participar. Le costó clientes. Le costó dinero de su propio bolsillo.
«Quiero que los cierren. Estoy esperando el día. No es legal. Es una locura», declaró.
Los SADC están diseñados para adultos con enfermedades crónicas o discapacidades que requieren cuidados de nivel hospitalario. No para jubilados activos jugando mahjong o ping-pong. Eso también lo documentó The Post en visitas anteriores.
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Esto no es una anomalía burocrática. Es el resultado lógico de un programa sin vigilancia real, con dinero público ilimitado y controles que llegan tarde o no llegan.
Mientras el aparato estatal mira hacia otro lado, los contribuyentes financian salas vacías. Y los pocos actores honestos, como Chan, pagan el precio de no querer subirse al tren. Esa es la doble vara del sistema: castiga la honestidad y premia la audacia de facturar lo que no existe.



