Cien años de proteccionismo mal aplicado y el resultado está a la vista: Estados Unidos produce menos del 1% de la construcción naval comercial mundial, mientras China fabrica más de 4.000 barcos al año. EE.UU., apenas unos pocos.
El Jones Act exige que todo el transporte marítimo entre puertos estadounidenses use embarcaciones fabricadas, tripuladas, operadas y abanderadas en Estados Unidos. La intención era proteger la industria naviera nacional. El efecto fue el contrario: los costos de fabricación se dispararon, los astilleros cerraron o quedaron obsoletos, los marineros escasean y solo el 3,9% del flete doméstico se mueve por mar, frente al 28% que registra la Unión Europea.
La doble vara duele especialmente en los territorios y estados insulares. Puerto Rico, Hawái y Alaska pagan un sobreprecio directo por cada bien que llega vía marítima. Y el caso de Nueva Inglaterra es casi una sátira: la escasez de buques de gas natural licuado que cumplan los requisitos del Jones Act hace que sea más barato importar GNL desde el extranjero que comprarlo americano. Eso es exactamente lo contrario de lo que promete el proteccionismo.
«Hemos tenido el Jones Act durante cien años y durante todo ese tiempo la tasa de construcción naval doméstica ha disminuido década tras década», señala Jennifer Chen, de Balsa Research, según recoge el New York Post.
El daño no es solo económico. El propio Ejército estadounidense ha tenido que fletar barcos extranjeros para transportar soldados, equipos y suministros en conflictos. Si EE.UU. necesitara sostener una guerra prolongada que exigiera tanto buques de combate como de transporte, la debilidad estructural de su capacidad naval sería una amenaza real, no un escenario hipotético.
Aquí está el principio en juego: el libre mercado no falló en la industria naval americana, lo hizo la burocracia que pretendía sustituirlo. Una ley que nació para crear empleos los destruyó. Una ley diseñada para fortalecer la seguridad nacional la erosionó. Y el contribuyente y el consumidor pagaron la cuenta durante un siglo.
Trump tiene sobre la mesa la oportunidad de derogar una reliquia que ni siquiera cumple su propia promesa. Derogar el Jones Act no es abandonar a los trabajadores americanos: es liberarlos de la trampa que los tiene compitiendo con las manos atadas mientras China construye la flota más grande del mundo. Que no te lo cuenten.



