Las National Academies of Sciences, Engineering and Medicine de Estados Unidos publicaron un nuevo informe. El tema: la ciencia de la atribución de eventos extremos. Su objetivo es medir cuánto influye la actividad humana en fenómenos climáticos concretos.
El método combina observaciones meteorológicas, modelos por computadora y técnicas estadísticas. Los científicos comparan el clima actual con un escenario hipotético sin emisiones humanas. Así intentan responder si una tormenta fue más intensa de lo que habría sido sin calentamiento global.
Los resultados no son uniformes. La confianza es alta en eventos de temperatura extrema. Las olas de calor están bien documentadas y los modelos las representan con precisión. También hay certeza considerable en lluvias intensas y ciclones tropicales. El huracán Harvey de 2017 es el ejemplo citado: varios estudios independientes concluyeron que el cambio climático incrementó la lluvia caída y provocó más propiedades inundadas.
Pero el informe también admite los límites. Tornados, granizadas y tormentas severas quedan fuera de esa certeza. Los modelos globales no representan bien los procesos atmosféricos a pequeña escala. Los registros históricos son escasos. La atribución, en esos casos, no funciona.
Los autores del informe escribieron en The Conversation que «la ciencia de la atribución recién comienza a contemplar» los efectos compuestos o en cascada, como una sequía que eleva el riesgo de incendios. Es decir: el campo es joven. Tiene avances reales. Y tiene brechas reales.
El informe recomienda dos cosas concretas. Primero, que la comunidad científica establezca un marco común de mejores prácticas. Segundo, que se desarrollen modelos climáticos globales de mayor resolución para simular fenómenos regionales con más detalle.
Que no te lo cuenten. El relato dominante presenta la atribución climática como ciencia cerrada. Este informe dice otra cosa: depende del evento, depende de los datos, depende del modelo. Eso no es negacionismo. Es rigor.
Lo que está en juego es la calidad de las decisiones públicas. Cuando la incertidumbre se oculta, las políticas se construyen sobre base frágil. Y quien paga los errores no es la burocracia que los diseñó. Es el contribuyente, la empresa, el ciudadano que vive con las consecuencias. La ciencia honesta exige reconocer lo que sabe y lo que todavía no.



