Tori Hope Petersen tenía cuatro años cuando el sistema se la llevó de casa. Su madre quedó atrapada en un operativo antidroga. Así comenzó todo.
Doce hogares de acogida en la adolescencia. Etiquetada como mentirosa por denunciar el abuso que sufría su hermana biológica. «Esos rótulos definieron cómo me veía a mí misma», admite Petersen. «Pensaba: soy indeseable, nadie me quiere, no merezco una familia».
A los 18 años egresó del sistema sin red. Sola.
Lo que vino después contradice cada estadística. Estudiante de notas perfectas. All-American en atletismo. Becada completa en Hillsdale College. Solo el 3% de los jóvenes que pasan por el sistema de acogida obtienen un título universitario, según datos que ella misma cita. Petersen está en ese 3%.
Fue el deporte lo que cambió la mirada de los demás. «Cuando corría y era buena, la gente me veía como algo valioso», recuerda. Su entrenador de secundaria, Scott Wichman, la retó a competir en serio. Al terminar la temporada, la invitó formalmente a su familia. Hoy ella lo llama papá. Él vive con Tori, su esposo Jacob y sus tres hijos, incluidos los menores en acogida que reciben en su hogar.
En 2024 testificó ante el Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes, junto a Paris Hilton, para detallar los maltratos que vivió dentro del sistema de bienestar infantil.
Ahora publica su tercer libro. Se llama «Safe House: A Guide to Practicing Radical Hospitality and Welcoming Others into Your Heart and Home» y sale en octubre. Los dos anteriores documentaron el trauma y el proceso de sanación. Este, dice, «es el fruto de esa sanación».
Su diagnóstico sobre las políticas públicas es directo. «Cuando solo ofrecemos subsidios, separamos a los jóvenes de sus comunidades», advierte. «Las comunidades se desentienden porque asumen que el gobierno ya se ocupa de esos niños». Una encuesta reciente indica que cerca del 65% de los padres de acogida asisten a la iglesia, pero los subsidios estatales pueden llevar a algunos ministerios de fe a retirarse del proceso.
«Lo que los niños necesitan más que nada es gente», resume Petersen. «Una comunidad que los rodee y los ame».
Aquí está la lectura que importa. Petersen no llegó donde está gracias al aparato estatal: llegó a pesar de él. Un entrenador, una beca, una comunidad de fe, una universidad que apuesta por el mérito. Eso fue la diferencia. El relato que vende la burocracia —más fondos, más subsidios, más programas— no solo no funcionó con ella: la etiquetó como problema y la dejó sola a los 18. El mercado de las relaciones humanas, la familia extendida, la iglesia local, la institución académica que premia el esfuerzo: eso sí funcionó. Que no te lo cuenten de otra manera.



