Un bebé de tres semanas murió en Trimbelle, Wisconsin, el 14 de marzo. La causa de muerte determinada por las autoridades: toxicidad por metanfetamina. Su madre lo estaba amamantando.
Según el expediente judicial citado por KWQC, Jessie Lee Kittelson, de 23 años, admitió ante la policía del condado de Pierce haber consumido metanfetaminas a lo largo de todo su embarazo. También reconoció haber ingerido la droga apenas tres días antes de la muerte del niño.
Cuando los paramédicos llegaron al domicilio, el recién nacido no tenía pulso, no respiraba y presentaba coloración azulada. Se intentó reanimación cardiopulmonar. Fue declarado muerto en la escena.
Kittelson le dijo a los investigadores que amamantaba a su hijo y que practicaba el llamado «pump and dump» —extraer y desechar la leche— los días posteriores al consumo, antes de volver a darle el pecho. Según el expediente, también buscó en Google cuánto tiempo permanece la metanfetamina en la leche materna. Los investigadores señalan que, pese a todo, Kittelson manifestó confusión sobre cómo su hijo pudo haber sido expuesto a la droga y dijo no saber qué había hecho mal.
Su pareja, Taylor Jae Olson, de 26 años, admitió ante la policía haber salido a conseguir la droga para ambos, según las autoridades.
Ambos enfrentan cargos de homicidio imprudente en primer grado y negligencia crónica hacia un menor. De ser condenados, podrían recibir hasta 60 años de prisión, de acuerdo con el expediente. Tienen audiencia programada en el tribunal del condado de Pierce para el 2 de septiembre. No quedó claro si cuentan con representación legal.
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El caso es brutal en su sencillez: no hay ambigüedad, no hay zona gris. Un recién nacido murió envenenado porque los adultos responsables de protegerlo eligieron el consumo sobre su vida. La búsqueda en Google lo dice todo: había conciencia del riesgo, y la decisión fue seguir adelante de todas formas.
Lo que este caso también expone es el fracaso de cualquier red de contención que debería haber actuado antes —no después— de que un bebé de tres semanas terminara sin pulso en una cama. Cuando el Estado llega tarde, llega con esposas y cargos penales. El precio lo pagó quien no tenía voz ni voto.



