Karoline Leavitt abandonó oficialmente el podio de la Casa Blanca, pero no se fue sin dejar instrucciones. En su última entrevista como secretaria de prensa, confirmó que ha estado asesorando en privado al presidente sobre quién debería ocupar el cargo.
«Por supuesto, hemos hablado del tema», dijo Leavitt en «Fox & Friends». «No hay escasez de candidatos. Hay mucha gente capaz que quiere este trabajo», añadió, sin revelar nombres.
El requisito que considera indispensable es uno solo: la confianza total del presidente. «Tiene que ser alguien en quien él confíe plenamente, y sé que tomará la decisión correcta en el momento correcto», afirmó.
Fuera del Ala Oeste, Leavitt también ofreció su consejo más directo al sucesor aún sin nombrar: recordar que Trump es su «propio mejor portavoz». Según contó a los reporteros, ella y el director de comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, bromean con que Trump es el «verdadero director de comunicaciones y secretario de prensa».
Leavitt describió su salida como «agridulce». Amarga porque deja un trabajo que, según sus palabras, ha sido «el honor y la bendición de toda una vida». Dulce porque podrá dedicar más tiempo a su familia: dio a luz a su segunda hija, Viviana, en mayo, y a su hijo Nicholas durante la campaña presidencial de 2024, según informó el Washington Examiner.
Sobre el día a día del cargo, desmontó la imagen pública del puesto: las ruedas de prensa y las apariciones en televisión representan apenas el «10%» del trabajo. El otro «90%», dijo, son llamadas a las 5 de la mañana y a las 11 de la noche. «Eso no lo voy a extrañar», admitió con franqueza.
Leavitt confirmó que regresará a Make America Great Again Inc. para apoyar a Trump y a los republicanos de cara a las elecciones de mitad de período de noviembre.
La Casa Blanca informó, según recogió Fox News, que los taquígrafos registraron 2,4 millones de palabras en distintos eventos de prensa abiertos con Trump.
Que no te lo cuenten. Leavitt fue la persona más joven en ocupar el cargo —a los 27 años, según el Washington Examiner— y lo ejerció durante casi 20 meses sin perder el hilo ni la compostura frente a una sala que, en más de una ocasión, apostó por desgastarla. Se va por decisión propia, con el respaldo del presidente y con agenda clara. El aparato mediático que celebra cada tropiezo de la administración tendrá que buscar otro ángulo: esta salida no es una derrota, es una transición ordenada. El principio que queda sobre la mesa es simple: en una Casa Blanca funcional, la portavoz no es el mensaje; el mensaje es la política. Y esa política, guste o no, sigue en pie.



