El juicio contra Lindsay Clancy en Massachusetts volvió a poner la psicosis posparto en boca de todos. Pero Kristina Dulaney, enfermera registrada, especialista en salud mental perinatal y sobreviviente de la misma enfermedad, advierte que la conversación llega tarde y mal enfocada.
Dulaney relata que once años atrás, cinco meses y medio después de dar a luz a su segundo hijo, desarrolló la enfermedad sin que nadie —ni ella, que era profesional de la salud, ni su esposo— hubiera recibido jamás información sobre su existencia. Días sin dormir, hiperactividad, paranoia, alucinaciones y delirios. Dos semanas internada en una unidad psiquiátrica con vigilancia permanente. Y al alta: ninguna reunión de planificación familiar, ninguna derivación a un especialista perinatal. Siguió con su obstetra por iniciativa propia, no porque el sistema lo garantizara.
«Recuperé la salud», escribe. Y subraya que eso importa, porque los casos de recuperación casi nunca llegan a los titulares. La psicosis posparto entra al debate nacional casi exclusivamente a través de tragedias.
Su diagnóstico del problema es claro y no admite eufemismos: el sistema de salud materna está fragmentado por diseño. Los vacíos abarcan educación, detección, reconocimiento, respuesta de emergencia, acceso a atención especializada y continuidad del cuidado. Incluso la definición de «posparto» contribuye al problema: sugiere que la crisis cabe dentro de un período de seis semanas o tres meses, cuando la realidad clínica es más extensa y variable.
Dulaney señala tres puntos que el debate mediático ignora. Primero, las familias no pueden reconocer una enfermedad que nadie les enseñó que existe; educar a la pareja y al entorno cercano es tan urgente como educar a la paciente. Segundo, un juicio puede generar responsabilidades y algo de visibilidad, pero no puede generar prevención. Tercero, las sobrevivientes deben estar al centro de la conversación: conocen las señales de alerta antes que nadie, saben qué funcionó y qué faltó, y su testimonio es parte esencial del conocimiento clínico, no un sustituto de él.
Su propuesta es concreta: educación materna de rutina antes de que aparezcan los síntomas, capacitación en todas las especialidades que atienden a madres recientes —obstetricia, pediatría, urgencias, atención primaria— y continuidad real del cuidado. No un folleto en el pasillo del hospital. No una reconstrucción forense en un tribunal.
Que no te lo cuenten. El espectáculo del juicio ocupa el espacio que debería ocupar la prevención. Mientras el aparato mediático convierte una tragedia en entretenimiento de sala de audiencias, las brechas sistémicas que Dulaney describe siguen intactas. El libre mercado de ideas necesita voces como la suya —expertas, directas, con experiencia vivida— en lugar de cobertura que solo aparece cuando ya hay una víctima que contar. La salud materna no es un tema de nicho: es una cuestión de familia, de comunidad y de un sistema que, según esta enfermera, falla por diseño. Eso merece más que un ciclo de noticias.



