Que no te lo cuenten.
Rahil Prakash, un universitario de veintiún años, admitió ante The Guardian haber creado encuestas falsas durante el último ciclo electoral en Estados Unidos. Las distribuyó en primarias demócratas: la carrera por la gobernación de Wisconsin, la alcaldía de Los Ángeles y dos contiendas estatales en Nevada.
Para hacerlo, montó un sitio web llamado Median Strategies. Su método fue tan sofisticado como inquietante en su sencillez. «Creo que mi conclusión general fue que si simplemente lo haces ver un poco bonito, es bastante fácil que se propague», declaró al medio británico.
Y se propagó. Uno de sus sondeos colocó a la candidata socialista demócrata de Wisconsin veinte puntos por encima en su carrera. Esa candidata terminó perdiendo por menos de un punto porcentual. La pregunta que nadie puede responder hoy es si, de haber conocido la verdadera cercanía de la contienda, habría distribuido sus últimos días de campaña de otra manera, apostando por distritos urbanos de mayor rendimiento electoral en lugar de zonas rurales donde se esperaba que rindiera peor.
Prakash negó haber usado sus encuestas para operar en mercados de predicción y también negó haber recibido compensación o instrucciones de ninguna campaña. Eso importa: usar mentiras para obtener ganancia financiera puede constituir fraude. Pero mentir, en sí mismo, está protegido.
La Corte Suprema lo dejó claro en United States v. Alvarez, donde tumbó 6-3 la Ley del Valor Robado y estableció que criminalizar las mentiras es inconstitucional. Xavier Alvarez quedó protegido al afirmar falsamente haber ganado la Medalla de Honor del Congreso. Prakash, según el análisis legal que rodea el caso, se encuentra en terreno similar: probablemente no enfrentará consecuencias legales por lo que él mismo llamó «un experimento social de corto plazo».
Lo que el caso deja al descubierto es la fragilidad del ecosistema de encuestas moderno, que ya venía de un ciclo de predicciones ampliamente erradas en diversas contiendas primarias.
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Aquí el relato se cae solo, pero no en la dirección que la izquierda preferiría. El problema no es solo un joven con demasiado tiempo libre y un dominio web barato. El problema es un ecosistema mediático y político tan hambriento de narrativa que devora cualquier número con buena presentación sin verificar su origen.
Las encuestas mueven dinero, mueven voluntarios, mueven decisiones de campaña. Cuando son falsas y nadie las cuestiona, el daño es real aunque la mentira sea legal. La burocracia del periodismo político, que debería actuar como filtro, funcionó aquí como amplificador. Esa es la lección que ningún medio progresista tiene incentivo para sacar.



