La representante Alexandria Ocasio-Cortez tiene una nueva estrategia para las elecciones de 2026: llamar «Woke 1» a todo lo que su ala del Partido Demócrata dijo entre 2020 y 2023, y pedirle al votante que lo olvide.
El detonante fue una pregunta sobre Francesca Hong, candidata demócrata a gobernadora de Wisconsin y miembro de la DSA —la misma organización de Ocasio-Cortez—. Hong tiene un historial documentado en redes sociales que incluye exigencias de cancelar el Día de Acción de Gracias, expresiones de odio hacia personas blancas y llamados a eliminar la policía. Según reportó el New York Post, gran parte de esa actividad ha sido borrada de su cuenta de Twitter.
Ocasio-Cortez respondió que esas declaraciones surgieron del «caos de 2020» y que todos «bebieron del estanque de la locura». Traducción: no fue ideología, fue el ambiente. Que no te lo cuenten.
El mismo manual lo aplica Abdul El-Sayed, candidato demócrata al Senado por Míchigan. El-Sayed no quiere responder por los dichos de su aliado Hasan Piker —quien, según el Post, calificó los testimonios de violencia sexual del 7 de octubre como «fantasías de violación», celebró los atentados del 11 de septiembre como un castigo merecido para Estados Unidos y llamó a que «las calles corran rojas con sangre de propietarios»—. La respuesta de El-Sayed: estamos «atrapados en la cultura de la cancelación que todos acordamos era mala idea en 2020».
El relato se cayó solo. Si la cultura de la cancelación era mala idea, ¿por qué El-Sayed borró sus propios tuits sobre «defund the police» en lugar de defenderlos? El Post señala que ha calificado esas publicaciones de «clickbait», sin repudiar el fondo. Más revelador aún: El-Sayed racionalizó recientemente el intento de atentado contra una sinagoga en Míchigan con la frase «la gente herida hiere a la gente». Y sigue defendiendo abolir el seguro médico privado y duplicar impuestos a la clase media para financiar Medicare para Todos.
Hong, por su parte, ya no habla de «desfinanciar» la policía; ahora habla de «iniciativas comunitarias» y «enfoques no carcelarios para la prevención del crimen». Mismo destino, distinto envoltorio.
La burocracia progresista aprendió que el lenguaje explícito asusta votos. No aprendió nada más.
La lectura de Contrafuego es esta: «Woke 1» y «Woke 2» no son fases distintas de un movimiento en evolución; son el mismo programa con diferente nivel de volumen según el ciclo electoral. Cuando la izquierda radical pide que ignoremos lo que dijo hace cinco años, no está moderándose: está pidiendo que le prestemos el poder para terminar lo que empezó. El principio en juego es simple —el orden público, la propiedad privada y la seguridad de las comunidades judías no son «gotcha politics»; son las condiciones mínimas de una sociedad libre—. Quien ríe de sus propias ideas extremas sin abandonarlas no merece el beneficio de la duda. Merece exactamente la memoria que intenta borrar.


