Sam Burns aseguró el domingo su clasificación automática al equipo de Estados Unidos para el Presidents Cup, según informó OutKick. Es su tercera participación en ese torneo y su quinta aparición consecutiva en equipos de EE.UU. entre el Presidents Cup y la Ryder Cup.
Burns habló en exclusiva con OutKick el 18 de agosto. «Es un honor enorme poder representar a tu país y jugar por algo mucho más grande que uno mismo», dijo. «Tienes compañeros esa semana por quienes juegas, y sus familias también cuentan.» Para Burns, esas semanas de equipo son las que quedan grabadas: «Cuando la carrera termine, esas serán las semanas que los jugadores recuerden».
El golfista comenzó a representar a Estados Unidos en el Junior Ryder Cup cuando tenía 18 años. Más de una década después acumula cinco victorias en el PGA Tour, aunque no gana desde 2023.
Este verano estuvo cerca de su primer major. Terminó segundo en el U.S. Open y tercero en The Open. En Royal Birkdale llevó el liderato tras 54 hoyos antes de que Ryan Fox se adjudicara el título; la fuente señala que Burns acabó a dos golpes del ganador en ese torneo.
En lo personal, Burns y su esposa Caroline tienen dos hijos: Bear y Belle, quien llegó el 3 de julio. La fuente indica que Bear tiene dos años. Burns contó que Bear «estará cerca del equipo este año y podrá disfrutarlo», aunque reconoce que sus hijos aún no comprenden del todo lo que su padre logra cuando viste la camiseta de EE.UU.
La entrevista también abordó su vínculo con los LSU Tigers y su amistad con el número uno del mundo, Scottie Scheffler, con quien compartió el último grupo en el FedEx St. Jude Championship.
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Que no te lo cuenten. En un deporte donde el dinero del LIV Golf y los contratos millonarios dominan el relato, Burns representa algo que la burocracia del entretenimiento deportivo no sabe bien cómo vender: un atleta que pone la bandera, la fe y la familia por delante del cheque. No es un eslogan de campaña; es lo que dice en sus propias palabras cuando nadie le pregunta por patrocinadores.
Eso, en tiempos de atletas que convierten cada podio en un manifiesto político o en una negociación de contrato, es más escaso de lo que parece. El libre mercado premia el talento, pero el carácter lo construye cada uno. Burns lleva ambos en el bolsillo.



