La doble vara tiene nombre y apellido: Michael Cohen.
El mismo hombre que pasó años llamando a Trump «racista», «depredador» y «fraude» se sentó con él el jueves en el programa de radio WABC-77. Lo llamó «boss». Le propuso organizar una rueda de prensa conjunta para difundir sus logros. Quince minutos de miel.
El contexto importa. Cohen, 59 años, cumplió condena por ocultar 4 millones de dólares al fisco, mentir a un banco para obtener un préstamo de 500.000 dólares y violar la ley de financiamiento de campaña. Su rol: gestionar 280.000 dólares en pagos de silencio a dos mujeres durante las elecciones de 2016. Luego se declaró culpable. Luego implicó a Trump. Luego testificó contra él en el juicio del fiscal Bragg. Resultado: 34 cargos penales contra el entonces expresidente.
Ahora Cohen quiere el indulto.
Trump, durante la entrevista, le dijo: «Respeto el hecho de que hayas recantado todo lo que dijiste. Eso es algo grande que hiciste». Cohen, por su parte, aseguró este año haberse sentido «presionado y coaccionado» por Bragg y por la fiscal general demócrata de Nueva York, Letitia James, para actuar contra Trump.
El giro es total. Y Cohen ya tiene plan de acción. Le dijo al conductor de CNN Jake Tapper que llamará al Departamento de Justicia este viernes para verificar que su solicitud de indulto fue recibida. «La envié por FedEx, así que tengo el recibo», explicó. Aún no ha obtenido confirmación de que la aplicación esté siendo procesada.
Que no te lo cuenten.
Esto no es una historia de redención. Es una historia de conveniencia. Cohen no recantó por convicción: recantó cuando le resultó útil atacar a Trump, y ahora recanta la recantación porque necesita el perdón presidencial. El relato se cayó solo. La burocracia judicial que lo usó como ariete contra Trump ya no le sirve de nada. Hoy le sirve Trump.
El aparato progresista aplaudió a Cohen cuando declaraba contra el presidente. Nadie en ese mundo le preguntó si actuaba bajo presión. Ahora que lo dice, el silencio es ensordecedor. Otra vez la doble vara.


