Alaska se convierte en el laboratorio más descarado de ingeniería electoral de este ciclo. El senador republicano Dan Sullivan enfrenta en noviembre no solo a la excongresistaM ary Peltola, sino a un candidato independiente que comparte su nombre exacto: Dan J. Sullivan Jr., un maderero cuya campaña, según el Partido Republicano de Alaska, fue promovida deliberadamente por el aparato demócrata para fragmentar el voto conservador.
Los números de la primaria ya cuentan parte de la historia. Peltola encabezó el campo con una ventaja de 5.4 puntos sobre el senador titular. Sullivan Jr. capturó el 2.3% de los votos — insuficiente para cerrar esa brecha por sí solo, pero suficiente para encender alarmas de cara a noviembre, cuando el universo de votantes es mayor y el margen puede ser decisivo.
El senador estatal James Kaufman, republicano, lo dijo sin rodeos: «He tenido al menos una persona que me dijo que tuvo que frenar para asegurarse de no cometer un error. Y solo puedo imaginar a quienes están menos involucrados en política — creo que puede ser confuso».
Randy Ruedrich, expresidente del Partido Republicano de Alaska entre 2000 y 2013, puso el dato en perspectiva con una comparación reveladora: el congresista Nick Begich obtuvo 60,061 votos en su propia primaria sin ningún doble de nombre. Los tres candidatos no demócratas al Senado — Sullivan, Sullivan Jr. y el veterano Gerald Heikes — sumaron apenas un poco más. La conclusión implícita es clara: el ruido del nombre duplicado está dispersando votos republicanos que en condiciones normales irían consolidados.
Alaska no es ajena a esta táctica. Ruedrich recordó que en 2022 un candidato poco conocido llamado Buzz Kelly avanzó a la elección general porque suficientes votantes lo confundieron con la candidata republicana Kelly Tshibaka, quien hacía campaña usando solo su primer nombre. «Hemos tenido problemas de identidad y confusión en el pasado», admitió.
El sistema de voto clasificado de Alaska — ranked choice voting — añade otra capa de complejidad. En teoría, los votantes pueden ordenar preferencias y el daño del candidato espejo se mitiga. En la práctica, la «fatiga de boleta» es real: cuantas más opciones, más votantes abandonan el proceso antes de completar todas sus preferencias, y eso beneficia a quien tiene el nombre más reconocible desde el primer lugar de la lista.
Que no te lo cuenten. Esto no es política de ideas; es sabotaje de la papeleta. Cuando un partido no puede ganar en terreno abierto, recurre a la confusión como arma. El contribuyente de Alaska merece una elección limpia, no un juego de espejos diseñado desde una sala de estrategia en Washington. El relato de que el voto clasificado protege la democracia se cae solo cuando el sistema se usa precisamente para multiplicar la confusión y diluir la voluntad del electorado.



