Que no te lo cuenten.
En 2018, Abdul El-Sayed —entonces candidato demócrata a gobernador de Míchigan y hoy aspirante al Senado— interrumpió una sesión de filmación documental, miró hacia su estantería y le dijo al equipo de producción: «Van a querer no capturar estas cosas en el plano… estamos tratando de mantener el plano secular». Las «cosas» eran su Corán y otros objetos religiosos.
El fragmento, recuperado de un documental de 2020 que siguió su fallida campaña de 2018, contrasta con una entrevista que el propio El-Sayed concedió al New York Times en 2009, cuando tenía 24 años y estudiaba medicina. En esa entrevista declaró haber buscado una hipoteca compatible con la sharia por razón de obligación religiosa. «No quiero decir que lo hice por el camino fácil en lugar del camino conforme a la sharia. No por miedo, sino por obligación», afirmó entonces.
Dos versiones del mismo hombre. Una para el registro privado; otra para la cámara de campaña.
Las revelaciones no se detienen ahí. En el mismo documental, El-Sayed arremetió contra la isla de Mackinac, uno de los destinos vacacionales más queridos de Míchigan: «Odio Mackinac tanto… cada vez que he venido aquí, lo he odiado. ¿Por qué estoy aquí?». Cuando tuvo la oportunidad de matizar sus palabras, no solo no se retractó, sino que las redobló. Escribió en X que el lugar más «americano» de Míchigan no puede ser una isla que «prohíbe los autos». La isla, libre de vehículos motorizados desde hace décadas, alberga la residencia oficial de verano del gobernador del estado desde 1945.
Su rival republicano, el exrepresentante federal Mike Rogers, no tardó en responder compartiendo fotos personales en la isla: «No hay lugar como Mackinac».
El-Sayed también ha criticado el fútbol americano por ser, según él, un caldo de cultivo para la «masculinidad tóxica», y propuso a los entrenadores que siguieran el ejemplo de Ted Lasso, personaje de una serie de Apple TV+. «Ted llora. Habla de sus problemas. Anima a sus jugadores. Hornea galletas para su jefa. Sonríe… todo el tiempo», escribió en su Substack.
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El relato se cayó solo. Un político que construye su marca sobre la autenticidad progresista resulta ser el primero en esconder sus convicciones cuando hay una cámara delante. No es hipocresía menor: es la hipocresía de quien pide a los votantes que lo conozcan tal como es, mientras reorganiza la estantería para que no lo conozcan demasiado.
La doble vara es el verdadero programa electoral. Y Míchigan tiene derecho a saberlo antes de noviembre.



