Hay una pregunta que el progresismo institucional evita con cuidado: ¿comparado con qué? Cuando se critica a Estados Unidos, rara vez se responde esa pregunta con honestidad. Un análisis publicado por Daily Wire la responde sin rodeos.
El argumento central es político, no religioso. La objeción al califato islámico no es teológica sino estructural: un gobierno islámico nunca trataría a todos los hombres como ciudadanos iguales bajo una ley común. Clasifica a las personas por religión y sexo, eleva la ley religiosa por encima de la conciencia privada y le entrega al Estado un poder enorme sobre la creencia, la familia y la vida pública. Ese modelo, según el texto, «forma esclavos, los entrena para obedecer y produce súbditos que celebran su sumisión como virtud».
Pero el Islam no inventó ese sistema. Fue simplemente el orden político humano por defecto. Desde los faraones hasta los emperadores romanos, desde las monarquías europeas hasta los regímenes totalitarios del siglo XX, la estructura fue siempre la misma: una fuente de autoridad suprema —Dios, el Partido, la raza, el líder— y una población subordinada. Cuando la modernidad expulsó a Dios de la política, los movimientos totalitarios mantuvieron la arquitectura y cambiaron solo el nombre.
Ninguno de esos sistemas produjo la combinación que sí produjo el orden constitucional americano: derechos individuales, igualdad ante la ley, libertad religiosa, participación política, movilidad social, prosperidad generalizada y longevidad. Estados Unidos se convirtió en la mayor economía del mundo a finales del siglo XIX y en la potencia industrial dominante del XX. Generó niveles sin precedentes de propiedad de vivienda, abundancia de consumo, innovación tecnológica y movilidad ascendente para trabajadores ordinarios.
La superioridad no es solo económica. En Inglaterra y Gales, más de 12.000 personas fueron arrestadas en 2023 bajo leyes de comunicaciones que cubren discurso supuestamente ofensivo. En Estados Unidos, un ciudadano puede insultar al gobierno, burlarse de la religión, denunciar al presidente, fundar un movimiento, abrir un negocio, fracasar públicamente y volver a levantarse. Esa libertad construye una dignidad humana que el PIB no mide.
Quienes llegaron a Estados Unidos como inmigrantes, señala el texto, entienden esto mejor que quienes nacieron dentro del sistema. Saben lo que es vivir fuera de ese orden y luego ser recibidos por él.
En Contrafuego lo decimos sin eufemismos: el debate sobre el califato no es un debate religioso, es un debate sobre el poder del Estado sobre el individuo. Y en ese debate, la respuesta americana —gobierno limitado, propiedad privada, libre empresa, conciencia individual— sigue siendo la única que ha producido resultados medibles para la gente común, no solo para las élites de turno.
La burocracia progresista que hoy erosiona esas libertades desde adentro no es menos peligrosa que el modelo que pretende combatir. El relato se cae solo cuando se miran los datos.



