Cuarenta y seis años después de que estudiantes iraníes tomaran la embajada estadounidense en Teherán y retuvieran a 52 ciudadanos durante 444 días, la República Islámica vuelve a ejercer presión política sobre un presidente de Estados Unidos en año electoral. El rehén ya no son personas: es el estrecho de Ormuz.
Según un análisis de CNN recogido por La Tercera, Trump se ubica hoy en una posición más vulnerable frente a Irán que cualquier presidente desde el demócrata Jimmy Carter. La comparación no es retórica: la crisis de los rehenes de 1979 destruyó la popularidad de Carter y contribuyó directamente a su derrota en 1980. Ahora, el bloqueo de la ruta de exportación petrolera cumple un papel equivalente como punto de presión en plena temporada electoral.
Los números hablan solos. Con el retorno de los conflictos tras el breve alto al fuego de julio, el precio promedio de la gasolina en Estados Unidos volvió a superar los 4 dólares por galón. A eso se suman, según CNN, dificultades de asequibilidad en vivienda y salud. El electorado, como ocurrió con Carter, responsabiliza al presidente en turno por las repercusiones económicas.
Funcionarios de Trump insisten en que la carga se aliviará una vez que se abra el estrecho. Pero Teherán endureció sus demandas: exige el fin del bloqueo marítimo estadounidense, la salida de las fuerzas de EE.UU. de la región, compensación por daños de guerra y el levantamiento de sanciones. Un paquete que Trump no puede aceptar. Si relanza la guerra, redobla la apuesta en un conflicto impopular y arriesga una reacción económica peor, advierte CNN. Si cede, entrega una victoria estratégica al régimen.
El propio Trump intentó marcar el tono el domingo ante Axios: «Lo estamos manejando con bajo perfil. Solo estamos semi-negociando con ellos». Describió a Irán en una «situación económica muy precaria» y sin fondos para pagar a sus tropas. «Todo se solucionará. Es como una partida de ajedrez», afirmó. Varios analistas citados por CNN, sin embargo, consideran que el régimen está más dispuesto que nunca a imponer sufrimiento a su propia población mientras persigue su enfrentamiento con Washington, y que un colapso luce poco probable en el corto plazo político de Trump.
El frente interno tampoco ayuda. El proyecto de restricciones al voto —una de las iniciativas insignia del segundo mandato Trump, que pretendía exigir pruebas de ciudadanía y restringir el sufragio por correo— no logrará aprobarse por falta de votos, reconocieron los propios republicanos al salir de Washington. Netanyahu, por su parte, rechazó el plan de 15 puntos para el desarme de Hamas que la Casa Blanca daba por avanzado. El fin de semana sí trajo una victoria: el Senado confirmó por margen estrecho a Todd Blanche, exabogado personal de Trump, como secretario de Justicia.
Varias encuestas muestran que los republicanos han perdido su ventaja histórica en seguridad nacional y economía, donde ahora enfrentan empate técnico o superioridad demócrata.
La lectura de Contrafuego es esta: Trump tiene los activos estratégicos —debilitó las Fuerzas Armadas iraníes, retrasó su programa nuclear, golpeó su base industrial de defensa— pero el reloj electoral corre en su contra. Irán lo sabe y aprieta donde más duele: el bolsillo del votante. La burocracia de Teherán no paga elecciones; la de Washington, sí. Mientras el precio de la gasolina siga por encima de 4 dólares, cada semana sin acuerdo es un regalo para la oposición demócrata. El ajedrez que describe Trump puede ser brillante en el largo plazo. El problema es que las legislativas de noviembre no esperan al jaque mate.



