Jill Biden todavía no tiene una explicación para lo que millones de estadounidenses vieron en el debate de junio de 2024: un presidente que no podía completar una oración frente a Donald Trump.
En una entrevista con el pódcast de Jamie Kern Lima, la ex primera dama reconoció que no tiene «nada definitivo» a qué apuntarle. «Había todo tipo de teorías», dijo. «Sé que estaba cansado, no se sentía bien ese día cuando lo vi, pero no había nada definitivo que yo pudiera señalar».
Lo que sí dejó flotar en el aire fue algo más: cuando Kern Lima sugirió —«¿No hay forma de que alguien pudiera, Dios no lo quiera, haberle laceado la bebida o algo así?»— Biden no cerró la puerta. La insinuación quedó suspendida sin ser desmentida.
El detalle no es menor: Jill Biden admitió que llevaba dos semanas de gira y que vio a su esposo apenas una hora antes del debate. Es decir, la persona más cercana al presidente no estaba con él en los días previos al momento político más crítico de su mandato.
Sobre Hunter Biden, la ex primera dama fue directa cuando le preguntaron si lo apoyaría si decidiera postularse a un cargo —incluso a la presidencia—: «Diría: 'Corre'. Pero tómalo como quieras». Agregó que apoya a sus hijos en lo que decidan, «100%».
También reconoció que le pareció «intimidante» cuando Joe Biden decidió postularse a la presidencia, pero que su deseo de «apoyarlo» terminó por imponerse.
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Que no te lo cuenten. Durante meses, periodistas, médicos y funcionarios que se atrevieron a señalar el deterioro cognitivo del entonces presidente fueron tachados de desinformadores, de agentes republicanos, de enemigos de la democracia. El aparato mediático y el entorno de la Casa Blanca construyeron un relato monolítico: Biden estaba «afilado», «más listo que nunca».
El debate lo derrumbó en noventa minutos. Y ahora la respuesta oficial es… ¿un roofie? La hipótesis del sabotaje es más cómoda que la verdad que el propio Partido Demócrata eligió ignorar durante años: que presentaron a un candidato que no estaba en condiciones de gobernar, y que lo sabían. El relato se cayó solo. Lo que queda es la pregunta que nadie en ese círculo quiere responder: ¿quién tomó esa decisión, y por qué?



