El Departamento de Estado de Biden creó un «DEI Toolkit» para instructores de idiomas del Servicio Exterior. El objetivo: enseñar conceptos como «privilegio blanco», «racismo sistémico» y «Black Lives Matter» en lenguas extranjeras. No es especulación. Son materiales revisados por The Daily Wire.
Los diplomáticos aprendían bengalí con ejercicios sobre la muerte de George Floyd. Practicaban urdu reflexionando sobre el movimiento BLM. Estudiaban hebreo imaginando un evento en Tel Aviv para debatir raza y diversidad con colegas de la Embajada israelí. El vocabulario de práctica incluía términos como «sesgo inconsciente», «brutalidad policial» y «legado de la esclavitud».
Un ejercicio en bengalí pedía al diplomático elegir entre tres opciones: ¿esto es racismo sistémico, privilegio blanco o sesgo implícito? Otro escenario en urdu exigía conectar las «posiciones políticas idealizadas» de EE.UU. sobre BLM con «las experiencias vividas» en el país anfitrión. El aparato estatal, en síntesis, pagaba para que sus funcionarios convencieran a otros gobiernos de adoptar el mismo relato.
El portavoz del Departamento de Estado, Pigott, fue directo: «Los diplomáticos de América están llamados a defender los intereses nacionales de Estados Unidos en el escenario mundial, no a promover dogmas antiamericanos extremos». Añadió que «el dogma ideológico divisivo y marginal no tiene lugar en la formación del Servicio Exterior».
La administración Trump eliminó esos programas. Los reemplazó con formaciones sobre la Declaración de Independencia, la Constitución, los Documentos Federalistas y habilidades diplomáticas concretas. También sobre evacuaciones de ciudadanos y gran estrategia. Cosas que un diplomático debería saber.
Aquí está la pregunta que el relato progresista nunca responde: ¿quién pagó todo esto? El contribuyente estadounidense. Cada hora de clase en bengalí sobre «sesgo inconsciente» salió de su bolsillo. Cada rol de simulación sobre Floyd en Pakistán, también.
El fondo es más grave que el ridículo. Biden no solo adoctrinó a sus funcionarios. Los desplegó como misioneros ideológicos. Su misión no era defender intereses americanos. Era exportar una agenda doméstica a países que nadie les pidió reformar.
Eso tiene nombre: imperialismo cultural de izquierda. Con fondos públicos. Desde las embajadas. El relato se cayó solo cuando alguien publicó los materiales. Otra vez la doble vara: los mismos que acusan a otros de imponer valores ajenos llevaban años haciéndolo, en cuatro idiomas y con presupuesto federal.



