Las empresas de inteligencia artificial están adquiriendo grandes cantidades de libros usados, escaneándolos y descartando los ejemplares físicos. La noticia ha encendido a libreros, coleccionistas y custodios de la memoria cultural. Y con razón, aunque no exactamente por las razones que suelen esgrimirse.
Que la IA lea a Shakespeare, Austen, Dostoievski, Dickens, Homero o Dante no es el problema. Es, de hecho, lo correcto. Una inteligencia artificial entrenada exclusivamente en el «slop» desechable del internet moderno sería, en palabras de quienes han analizado el fenómeno, «un desastre intelectual». Si creemos que la IA será una de las tecnologías intelectuales más importantes del próximo siglo, privarla deliberadamente de la gran literatura de la humanidad sería un error de proporciones históricas.
El problema es otro: nos hemos vuelto tan descuidados con el pasado que estamos dispuestos a destruir su registro físico para quedarnos con una copia digital. Y eso debería inquietarnos profundamente.
Una copia digital no es lo mismo que el original. La historia ofrece razones de sobra para desconfiar de la idea de que digitalizar equivale a preservar. Cuando la información existe principalmente como archivo digital, alguien tiene que controlar ese archivo. Y ese «alguien» puede editarlo, bloquearlo, alterarlo o hacerlo desaparecer.
Los ejemplos ya están sobre la mesa. En 2023, Steven Spielberg reconoció que cometió un error al alterar la reedición de «E.T.» en 2002, reemplazando las armas de los agentes federales con walkie-talkies. Admitió que nunca debió «meterse con los archivos» de su propia obra. Los libros de Roald Dahl ofrecen un caso aún más revelador: nuevas ediciones modificaron el lenguaje original para ajustarlo a las sensibilidades contemporáneas, mucho después de la muerte del autor. Palabras cambiadas, descripciones suavizadas, lenguaje nuevo insertado sin su consentimiento.
Un ejemplar físico en manos privadas es inmune a esas actualizaciones silenciosas. Nadie puede cambiar una palabra mientras duermes. Nadie puede revocar tu acceso ni decidir que tu copia ya no cumple con el consenso cultural vigente.
Por eso la respuesta correcta a la digitalización masiva impulsada por la IA no es una cruzada antitecnológica. Es una renovada defensa de la propiedad privada. No basta con que las instituciones, las corporaciones o los gobiernos conserven libros. Los necesitamos en manos de personas comunes: colecciones privadas, bibliotecas familiares, librerías de segunda mano, archivos universitarios, sociedades históricas.
Cuantas más copias existan dispersas entre ciudadanos ordinarios, más difícil resulta borrar cualquier obra de la memoria colectiva.
Aquí está el principio en juego, y Contrafuego lo dice sin rodeos: la propiedad privada no es solo un derecho económico. Es también un escudo cultural. El aparato burocrático y las plataformas centralizadas pueden reescribir el pasado si nadie más lo posee. La IA puede ser una lectora más de los grandes libros; el peligro real es que seamos nosotros quienes dejemos de serlo, y que entreguemos la custodia de la memoria a quienes tienen el poder —y el incentivo— de editarla.



