Hay una figura que aparece en todos los viajes de Donald Trump: esbelta, cabello rubio platinado, impresora portátil en mano. Se llama Natalie Harp, tiene 35 años y su cargo formal es asistente especial y ejecutiva del presidente de los Estados Unidos. Dentro del círculo del mandatario la llaman, sin protocolo, la «impresora humana».
Esta semana su nombre copó los medios estadounidenses por dos razones simultáneas. Primera: Trump y el equipo de la Casa Blanca arremetieron contra una periodista de CNN que preguntó sobre la relación entre ambos, luego de que se supiera que Harp fue una de las pocas personas que acompañaron al presidente en un cambio secreto de aviones Air Force One durante un vuelo desde Turquía en julio. Segunda: se conocieron fragmentos de las cartas que Harp le escribe a Trump.
Las cartas no son prosa burocrática. En una de ellas, revelada por medios periodísticos, Harp escribe: «También lamento si fui una vergüenza caminando por el campo en Escocia». Y más adelante: «Quiero que las cosas siempre estén bien entre nosotros. También sé que he estado distraída toda la semana (olvidándome de comer durante los días, e incluso olvidándome de dormir, y solo durmiendo un par de horas seguidas)». Cierra con una frase que lo dice todo: «Con todo mi corazón, Natalie».
El hermano de Harp —de quien ella se encuentra distanciada— explicó a CNN que la costumbre viene de lejos: «Diría que desde que tenía, como 16 años, ha tenido una obsesión con... le ha escrito cartas a otros presidentes, dejémoslo así», dijo, aludiendo a misivas previas enviadas al expresidente George W. Bush.
La conexión con Trump, sin embargo, tiene una dimensión distinta. Harp fue diagnosticada con un agresivo cáncer de huesos y ha declarado públicamente que la ley Right to Try —firmada por Trump en 2018 para permitir a pacientes terminales el acceso a tratamientos experimentales— fue determinante para su supervivencia. El propio Trump la presentó en un evento de la Coalición Fe y Libertad en 2019 con estas palabras: «La estaban preparando para la muerte... y debido al derecho a intentar, ahora está viva».
Desde ese encuentro, Harp pasó de seguidora a presentadora en la cadena OANN —donde según la fuente defendió las narrativas del fraude electoral de 2020— hasta integrarse formalmente al equipo personal de Trump en 2022. Hoy opera al margen de la cadena de mando tradicional: le suministra al presidente datos, noticias e impresiones sin filtro, muchas veces extraídas directamente de redes sociales, y permanece a su lado hasta altas horas redactando publicaciones o acompañándolo en el Marine One.
Su salario: 150.000 dólares anuales pagados por los contribuyentes norteamericanos.
Que no te lo cuenten. Lo que incomoda a la prensa progresista no es el salario ni el cargo —esos los toleran sin problema cuando el funcionario es del bando correcto—. Lo que incomoda es la lealtad sin mediadores, el acceso directo, la figura que no pasa por el filtro de la burocracia institucional. Harp es, en el fondo, el anti-asesor: sin título de think tank, sin carrera en el aparato, sin agenda propia más allá de la del presidente al que sirve. Eso, para quienes viven del acceso institucional, es imperdonable.



