Jon Ossoff, senador demócrata, atacó a Natalie Harp, asistente del presidente Trump y sobreviviente de cáncer. Lo hizo con una línea cuidadosamente guionizada. Insinuó una relación inapropiada entre Harp y su jefe. Luego intentó desmentirlo diciendo que se refería a todos los asistentes de la Casa Blanca en general.
Que no te lo cuenten.
Antes de Ossoff, la escritora del New York Times Jodi Kantor —una de las voces más agresivas del movimiento MeToo— minimizó el comportamiento de Graham Platner, de Maine. Después llegó Abdul El-Sayed. Organizó una fiesta en la piscina rodeado de influencers en traje de baño. Su esposa no pudo usar uno.
Tres casos. Un mismo patrón.
Según el análisis del Daily Wire, hay un tono decididamente ajeno a Occidente en estos supuestos hombres progresistas. La violación se relativiza. La esposa no puede mostrar el cuerpo, pero el marido sí puede rodearse de quienes lo hacen. Y si una mujer llega lejos en su carrera, la explicación es que se acostó con alguien. Eso es lo que el medio llama «la nueva misoginia».
No es la misoginia barata de siempre. No es la de James Carville arrastrando billetes por un parque de casas rodantes. Es otra cosa. Es la misoginia que pide comprensión cultural. La que dice que el velo es identidad. La que excusa porque el agresor tiene PTSD de guerra. La que señala con el dedo a la mujer exitosa.
Los Pod Save Bros, según la fuente, defendieron a Platner hasta que ya no pudieron. Luego acusaron a una funcionaria de acostarse con su jefe. Sin evidencia. Sin fuente. Con toda la confianza del mundo.
Otra vez la doble vara.
La izquierda demócrata perdió a los hombres jóvenes en las urnas. La lección que sacó, según este análisis, no fue revisar su agenda. Fue abrazar una visión de la masculinidad y la feminidad que viene de otro lugar. Un lugar que no es Occidente.
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Esto importa más allá de la política electoral. Lo que está en juego es el modelo de civilización. La igualdad ante la ley, la dignidad individual, la libertad de la mujer: esos no son valores neutros. Son conquistas concretas. Costaron siglos.
Cuando la izquierda excusa la sujeción femenina en nombre del multiculturalismo, no está siendo tolerante. Está traicionando a las mujeres que más necesitan esa protección. Y lo hace por cálculo político, no por convicción.
Ese es el precio de gobernar sin brújula. Siempre lo pagan los más vulnerables.



