El relato se cayó solo.
Las universidades estadounidenses enfrentan una crisis de matrícula sin precedentes: la cantidad de egresados de preparatoria que se inscriben en colegios tradicionales podría caer un 13% en los próximos 15 años, según proyecciones de la Western Interstate Commission for Higher Education. La caída demográfica explica parte del fenómeno, pero solo parte.
La otra parte la explica el mercado.
Desde 2020, la matrícula en programas vocacionales de dos años creció alrededor del 20%, según el National Student Clearinghouse Research Center. Al mismo tiempo, el desempleo y el subempleo entre graduados universitarios recientes —que había repuntado tras la pandemia— lleva cuatro años en ascenso sostenido, de acuerdo con datos del Federal Reserve Bank of New York.
El contraste es brutal. Un título en comunicaciones tiene una tasa de subempleo del 52% y un salario mediano de inicio de apenas 52.000 dólares anuales, según el FRBNY. Mientras tanto, un joven que entra a trabajar en una cadena como Aldi puede ganar 20 dólares la hora más beneficios desde el primer día, sin deuda estudiantil y sin esperar cuatro años.
«Si puedes ganar 20 dólares la hora con beneficios en tu Aldi local, o conseguir un certificado en un oficio bien pagado, de repente la idea de pasar cuatro años en la universidad se vuelve menos atractiva», explicó el doctor Grawe, profesor de Economía en Carleton College.
Benjamin Davis, de Los Ángeles, lo decidió antes de que los economistas lo pusieran en papel: eligió la escuela de barbería en lugar del campus universitario. Hoy tiene empleo estable en Floyd's Barbershop y, según él mismo, puede encontrar trabajo en cualquier parte del país. Más de lo que pueden decir muchos graduados con títulos más vistosos que útiles.
Las únicas que nadan contra la corriente son las universidades de la Ivy League, donde las solicitudes siguen fuertes, según el National Center for Education Statistics. Grawe atribuye esto a padres que crecieron bajo el dogma de «debes ir a la universidad» y lo transmiten a sus hijos. La eliminación de requisitos de exámenes estandarizados y las exenciones de cuotas de solicitud también han inflado artificialmente esas cifras.
Las grandes perdedoras son las universidades públicas y los programas de dos años de alto costo: más caros que un oficio, menos rentables que una Ivy League, atrapados en tierra de nadie.
La lectura de Contrafuego es simple: el mercado lleva años diciéndole a la burocracia académica lo que no quiere escuchar. Décadas de adoctrinamiento institucional convencieron a millones de familias de que el título universitario era el único camino al éxito, mientras la deuda estudiantil se acumulaba y los empleadores descubrían que muchos diplomas no garantizaban competencia real.
Lo que hoy se llama «crisis de matrícula» es, en realidad, una corrección. Los jóvenes están votando con los pies: prefieren habilidades concretas, ingresos inmediatos y libertad sobre la promesa vacía de un título que no abre puertas. Que no te lo cuenten como tragedia. Es el libre mercado funcionando exactamente como debe.



