Ángel Lombardi publicó en La Patilla un análisis que incomoda a propios y extraños. Sin eufemismos: Venezuela vive una «transición tutelada» en la que Estados Unidos marca el ritmo y el chavismo derrotado colabora para conservar su patrimonio.
El argumento central de Lombardi es brutal en su honestidad. El chavismo, dice, «facilitó que esta intervención sucediera al ubicarse geopolíticamente junto al castrismo y en el alineamiento global antiestadounidense». No fue un accidente. Fue la consecuencia lógica de tres décadas de mala apuesta geopolítica con petróleo de por medio.
Según su lectura, el punto de inflexión fue el 3 de enero. A partir de ahí «cambió la voz del amo»: primero el petróleo y la economía —ya bajo control estadounidense—, y después el desmontaje gradual de la dictadura. El mecanismo es la amenaza: el chavismo derrotado debe elegir entre conservar su patrimonio o inmolarse. Lombardi no duda sobre el desenlace: «como siempre enseña la historia, prevalecerá lo primero».
El texto describe negociaciones en curso —con fecha del 1 de agosto— entre actores políticos internos para «la reinstitucionalización del Estado y de la sociedad», con miras a elecciones libres en un plazo que el propio autor califica de «indeterminado». El ritmo, insiste, lo tendrán Washington y la movilización social interna.
Lombardi encuadra todo esto en un mundo multipolar donde la hegemonía absoluta de Estados Unidos «ha quedado atrás». Rusia va por lo suyo, China hace lo propio. Pero el continente americano sigue siendo, en sus palabras, «la última trinchera del imperio estadounidense». Venezuela, con su petróleo y su posición geográfica, encaja perfectamente en esa lógica.
La oportunidad concreta que señala: las guerras en curso generan «una enorme crisis energética global de producción y distribución», lo que obliga a producir más crudo venezolano cuanto antes. Más recursos, más actividad económica, comenzando por 2026. El autor pide no repetir «los errores del siglo XX petrolero».
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Que no te lo cuenten. Lo que Lombardi describe —con toda su incomodidad personal ante el «imperialismo»— es exactamente lo que el chavismo prometió evitar durante veinte años de retórica antiyanqui: terminar como protectorado petrolero de Washington. La ironía es perfecta. El régimen que nacionalizó, expropió y destruyó la industria privada en nombre de la soberanía entregó esa misma soberanía al primer socio que ofreció una salida.
Para Venezuela, la lección es cara pero clara: el libre mercado, la propiedad privada y las alianzas con democracias de mercado no son sumisión al imperio; son el único camino que históricamente ha producido desarrollo real. La transición tutelada puede abrir esa puerta, pero solo si quienes negocian hoy no repiten la tentación de usar el petróleo como botín del Estado en lugar de motor de inversión privada.



