La Universidad de Michigan anunció que, a partir del otoño de 2027, excluirá las calificaciones del primer semestre del GPA general de los estudiantes de primer año en su Colegio de Literatura, Ciencias y Artes. El pretexto oficial: atender una «crisis de salud mental». La universidad, según el Wall Street Journal, se negó a explicar cómo tomó esa decisión.
Los documentos internos cuentan otra historia. La política forma parte de una iniciativa más amplia llamada Student Success Initiative. Un informe de 2023 de la propia universidad detectó que las tasas de D, F y retiros —las llaman «DFW»— mostraban «patrones interseccionales de inequidad». Los estudiantes blancos y de familias acomodadas aprobaban más. Los negros e hispanos, menos. Eso, según la institución, era culpa de «los sistemas institucionales», no de la preparación de los alumnos.
Los números son reales. La tasa de graduación a cuatro años en Michigan es del 81%. Pero los estudiantes negros e hispanos caen entre 10 y 20 puntos porcentuales por debajo de ese promedio. Desde 2016, la matrícula de estudiantes blancos cayó un 13%. La de hispanos se duplicó, del 5% a casi el 11%, en la última década. Desde la pandemia, la universidad dejó de exigir pruebas estandarizadas de forma uniforme.
El vínculo es claro. Admites estudiantes con menor preparación previa. Las tasas de reprobación suben. Entonces cubres las notas para que no se vea. Angela Dillard, vicerrectora de educación de pregrado, llegó a preguntar en un seminario de 2024: «¿Por qué no volamos el expediente académico?». Dos años después, la universidad avanza exactamente en esa dirección.
Michigan cita a MIT como inspiración. MIT tiene esa política desde 1968. Pero Johns Hopkins la tuvo durante 45 años y la eliminó. ¿Por qué? Sus profesores documentaron que «retrasaba el desarrollo de hábitos de estudio», «afectaba negativamente a quienes sí rendían bien» y «no era bien recibida por posgrados ni empleadores». Un estudiante de Hopkins escribió en 2016 que la política «exige un nivel inesperado de madurez para retomar el ritmo real de la universidad».
La lógica de Michigan es esta: los estudiantes con créditos de preparatoria llegan con ventaja académica. Blancos y asiáticos los tienen más. Negros e hispanos, menos. Solución: darle a todos una red de seguridad en el primer semestre. El problema es que esa red no cierra la brecha de preparación. Solo la oculta.
Contrafuego lo dice sin rodeos. Esto no es política educativa. Es gestión de imagen institucional. La universidad admite estudiantes que sus propios datos indican que llegan con menor preparación, abandona los exámenes de admisión y luego rediseña el sistema de calificaciones para que el problema no aparezca en el expediente. El costo lo pagan los estudiantes que sí rinden: sus logros quedan diluidos en un entorno donde el estándar se mueve hacia abajo. Y lo pagan los empleadores y posgrados que reciben un GPA que ya no dice lo que solía decir. El relato de la equidad avanza. El nivel académico, no.



