Zvezdelina Stankova, profesora de matemáticas en la Universidad de California-Berkeley, publicó un artículo de opinión en el San Francisco Standard donde describe una realidad que debería avergonzar a cualquier institución que se precie de élite académica: sus horas de consulta, que deberían dedicarse a discutir integrales, se convierten en clases de fracciones y álgebra básica de secundaria.
«Algunos estudiantes llevan cinco a ocho años de retraso en matemáticas», escribió Stankova. No es una queja anecdótica. Es un colapso documentado.
Los números no mienten
Antes de 2020, el 71% de los estudiantes de Cálculo I llegaba «listo o casi listo» para cursar la materia. Solo el 0,14% mostraba deficiencias por debajo del álgebra básica. Entre 2021 y 2023, ese porcentaje de preparados cayó al 44%. Y en el ciclo 2022-23, más de un tercio de los estudiantes de cálculo presentaba déficits matemáticos severos, siendo cero la puntuación más común en el examen diagnóstico.
Cero. La puntuación más común. En la universidad pública más selectiva de Estados Unidos, con una tasa de admisión del 10,5%.
La decisión que lo desencadenó
En 2020, la entonces presidenta de la UC Janet Napolitano —exsecretaria de Seguridad Nacional bajo Obama— anuló las recomendaciones de un grupo de trabajo que pedía mantener los exámenes SAT y ACT. Citando las disrupciones del COVID y preocupaciones de «equidad», los tests se volvieron opcionales. Una resolución judicial obligó después a la UC a ser completamente «test-blind» hasta 2025. Berkeley no tiene prevista ninguna nueva política de admisiones antes del otoño de 2028.
Mientras tanto, Harvard, MIT, Stanford y Yale —que también suspendieron los requisitos de examen durante la pandemia— ya los han reinstaurado. La UC, según Stankova, «se movió en la dirección opuesta».
Stankova es además una de los miles de profesores que firmaron cartas abiertas este año exigiendo la restauración del SAT y el ACT en los procesos de admisión.
Lo que esto revela
Este es el resultado concreto del adoctrinamiento burocrático disfrazado de progreso: bajar el listón, llamarlo inclusión, y luego dejar que los propios estudiantes paguen el precio. No los funcionarios que tomaron la decisión. No Napolitano. Los alumnos, que «asisten a la universidad una sola vez», como escribió Stankova.
La doble vara es perfecta: las mismas instituciones que presumen de excelencia académica eliminaron la única herramienta objetiva que garantizaba esa excelencia. El resultado no es más equidad. Es más mediocridad repartida de forma pareja.
Que no te lo cuenten: cuando el aparato ideológico toma el control de los estándares académicos, los primeros perjudicados son los estudiantes que más necesitaban que esos estándares fueran reales.



