Kyrsten Sinema, exsenadora demócrata por Arizona, sigue combatiendo en los tribunales la demanda que interpuso Heather Ammel, esposa de Matthew Ammel, quien fue guardaespaldas y amante de la legisladora. Sinema ha admitido haber tenido una aventura con Ammel mientras ocupaba su escaño en el Senado.
La demanda invoca el tort de alienation of affection —«alienación del afecto»—, una figura de derecho civil que permite a un cónyuge demandar a un tercero por arruinar el matrimonio mediante adulterio. La acción tiene raíces en los primeros días de la responsabilidad civil anglosajona: el caso Winsmore v. Greenback, fallado en 1745, ya reconocía el derecho del marido a reclamar por quien «persuadió, procuró y sedujo» a su esposa.
El problema para Heather Ammel es geográfico. Según el análisis del profesor Jonathan Turley, el tort ha sido abolido en 42 estados. Solo Hawaii, Carolina del Norte, Mississippi, Nuevo México, Dakota del Sur y Utah lo mantienen vigente. La demanda, al parecer, se apoya en la jurisdicción de uno de esos estados excepcionales.
Los críticos del tort argumentan que su origen refleja una concepción de la esposa como propiedad del marido, y que existen dudas constitucionales sobre imponer responsabilidad civil por relaciones sexuales consentidas entre adultos. Turley señala que los tribunales estatales han calificado la acción de «obsoleta y susceptible de abuso».
Sinema, que abandonó el Partido Demócrata en 2022 para registrarse como independiente y no buscó la reelección en 2024, protagoniza así un capítulo judicial tan anacrónico como revelador: la misma figura que durante siglos protegió la institución del matrimonio es hoy el único escudo legal disponible para una esposa que alega haber sido traicionada por una senadora en ejercicio.
Que no te lo cuenten.
Lo que está en juego aquí va más allá del culebrón. Una funcionaria electa, pagada por los contribuyentes y protegida por un servicio de seguridad también financiado con fondos públicos, usó ese entorno para sostener una relación con un subordinado casado. El aparato institucional que debía servirla se convirtió, según los documentos judiciales, en el escenario del affair. Y ahora la misma persona que predicó valores progresistas desde el Senado se aferra a un tort del siglo XVIII para evitar consecuencias civiles. La doble vara, como siempre, en estado puro.



