El trabajo de verano solía ser un rito de paso. Uniforme ridículo, turno de ocho horas, primer cheque. Una generación entera aprendió así qué significa ganarse la vida. Para la Generación Z, ese rito casi ha desaparecido.
Solo el 35,5% de los adolescentes de 16 a 19 años tuvo empleo este verano, según datos del Pew Research Center analizados a partir de cifras federales de desempleo. En 1996, más de la mitad de los jóvenes trabajaba durante los meses de verano. El contraste no es menor: es una caída de más de quince puntos porcentuales en tres décadas.
Hay una pequeña mejora respecto al año anterior: el verano pasado la tasa era del 33,8%, lo que significa aproximadamente 19.500 adolescentes más con empleo este año. Pero la tendencia de largo plazo sigue siendo descendente. El pico histórico se registró en el verano de 1978, cuando el 58% de los jóvenes trabajaba. Desde entonces, la curva no ha hecho más que bajar, con caídas pronunciadas tras el colapso de las puntocom y durante la Gran Recesión de 2008. En el verano de 2020, en plena pandemia, la tasa tocó fondo en el 30,8%.
Los economistas consultados por Pew señalan dos factores principales: hay menos empleos de baja cualificación y nivel de entrada que hace décadas, y más adolescentes optan por tomar clases de preparatoria o universidad durante el verano en lugar de trabajar. Los empleos que sí ocupan los jóvenes este año se concentran en servicios de alimentación, ventas y transporte.
Los hechos son los hechos. Pero el ángulo importa.
El trabajo de verano no era solo un ingreso: era una introducción al mundo real, a la responsabilidad, al intercambio voluntario entre empleador y empleado. Era libre empresa en su forma más básica. Cuando esa experiencia desaparece —reemplazada por más aula, más currículo, más credencial— se pierde algo que ningún programa gubernamental puede devolver: el contacto directo con las consecuencias de las propias decisiones.
La burocracia educativa celebrará que los jóvenes «se preparan mejor». Pero prepararse para qué, exactamente, si nunca han tenido que presentarse a tiempo, tratar a un cliente difícil o cobrar un sueldo que depende de su propio esfuerzo. Que no te lo cuenten: la caída del empleo juvenil no es solo un dato económico. Es un síntoma cultural.



