Clarence Thomas no necesita eufemismos. En una conversación con Peter Robinson en el Hoover Institute, el juez asociado de la Corte Suprema de Estados Unidos dijo lo que muchos en la academia se niegan a reconocer: hay universidades de élite a las que un conservador, aunque sea magistrado del tribunal más alto del país, simplemente no puede ir.
«Nunca he estado en Stanford Law School», afirmó Thomas. Y no lo dijo como queja menor. Lo dijo como diagnóstico: «Esa es la realidad. Ese es el mundo en que vivimos, porque hay ciertos lugares que son presumiblemente territorio vedado. Así funciona esto. Y decir que no es así sería mentir».
El juez también señaló que las ideas del economista Thomas Sowell —figura que moldeó su pensamiento político— son prácticamente invisibles dentro de los campus universitarios porque sus posturas resultan «inaceptables» para el cuerpo estudiantil. «Lo que estos chicos reciben es todo eso que no está ahí», dijo Thomas. «Está en YouTube. Disponible para todos, y ellos pueden formarse su propia opinión».
La respuesta de Stanford no se hizo esperar. Un portavoz de la institución declaró a Fox News Digital que la escuela estaría «honrada» de recibir a Thomas y que sus estudiantes y profesores «darían la bienvenida a la oportunidad de escuchar sus perspectivas». El portavoz mencionó al profesor Michael McConnell, exjuez del Tribunal de Apelaciones del Décimo Circuito, como director del Stanford Constitutional Law Center.
Bonita declaración. El problema es que las palabras institucionales cuestan poco. Thomas no habló de una invitación formal que nunca llegó; habló de un clima cultural que hace que ciertos visitantes sean, de facto, indeseables. Esa distinción importa.
La pieza encaja con un patrón documentado: en 2023, la entonces subdecana de Diversidad, Equidad e Inclusión de Stanford Law School, Tirien Steinbach, interrumpió la presentación del juez federal Kyle Duncan en el campus.
Aquí está el principio en juego: una universidad financiada con matrículas astronómicas y donaciones millonarias que funciona como cámara de eco no es un centro de pensamiento libre; es un aparato de adoctrinamiento con credenciales. Cuando el juez más influyente en materia constitucional del país dice que ciertos campus son «territorio vedado», no está exagerando para la tribuna. Está describiendo el costo real de décadas de monocultivo ideológico en la academia. Que no te lo cuenten.



