Clarence Thomas no se mordió la lengua. Durante una conversación con Peter Robinson en el Hoover Institution, el juez conservador de la Corte Suprema de Estados Unidos respondió con ironía a quienes ponen en duda su identidad racial por sus posiciones políticas.
«¿Cómo puede ser tan estúpido? Mírenme», dijo Thomas, tomándose el brazo. «Y luego dicen cosas como: 'Lo negro es un estado mental'».
No es la primera vez que Thomas enfrenta ese tipo de cuestionamientos. Según relató en la misma conversación, desde sus años en Yale Law School sintió la presión del entorno para adoptar ciertas posiciones políticas en nombre de su raza. Cuando se atrevió a cuestionar el busing escolar —la política de trasladar a niños negros a escuelas lejanas para lograr integración racial—, la respuesta fue directa: «No deberías pensar eso porque eres negro».
Thomas describió el mecanismo con precisión: «Tienes estas opiniones, estos instintos, pero recibes señales de los medios, de los políticos, de quienes tienen el micrófono, que te dicen que estás equivocado, que eres malo, que hay algo terrible en ti».
Fue el economista Thomas Sowell —también negro, también conservador— quien, según el juez, le dio las herramientas intelectuales para ordenar lo que ya intuía. Un amigo le presentó el libro Race and Economics de Sowell, y eso, dijo Thomas, transformó su forma de entender raza y política.
Thomas también señaló una brecha que la clase política prefiere ignorar: la que existe entre lo que defienden los líderes negros y lo que piensan los ciudadanos negros de a pie. «Si le preguntas a los líderes, pensaban una cosa. Si le preguntas a la gente, pensaban otra», afirmó, en referencia a debates como el del busing y las preferencias raciales.
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Lo que Thomas describe no es una anécdota personal: es el funcionamiento del adoctrinamiento identitario. El relato progresista exige uniformidad de pensamiento a cambio de pertenencia grupal. Quien se desvía no solo pierde el carnet del partido; pierde, según esa lógica, hasta su propia identidad.
Esa es la doble vara en su versión más cruda: la misma izquierda que denuncia el racismo como el mal supremo reduce a millones de personas a un bloque homogéneo de votos, sin derecho a disentir. Thomas lleva décadas resistiendo esa presión desde el tribunal más alto del país. Que no te lo cuenten.



