Lindsay Clancy tiene 36 años. Está acusada de tres cargos de asesinato en primer grado. Sus hijos —Cora, Dawson y Callan, todos menores de seis años— aparecieron estrangulados en la casa familiar de Duxbury, Massachusetts, en enero de 2023.
La fiscalía cerró su caso el lunes. La defensa tomó la palabra de inmediato. Su argumento central: Clancy sufría psicosis posparto cuando mató a sus hijos.
Mientras tanto, cientos de personas se congregaron el jueves frente al Plymouth Superior Court. Vestían de rosa. Decían apoyar la salud mental materna. No condenaban lo ocurrido, aclaraban.
Bethany Mandel lo vio y no se quedó callada. Es columnista conservadora. Es madre de seis hijos. Le dijo a Fox News Digital algo muy simple: «Todos conocemos su nombre. Muy pocos conocen los nombres de sus hijos».
Mandel fue directa. «No vemos a ninguna de esas personas afuera con un botón con las caras de los tres niños», señaló. Agregó que, en las entrevistas a quienes se manifestaron, los niños casi nunca se mencionan.
El relato se construyó alrededor de la madre. Los niños quedaron como dato secundario.
Si el jurado emite un veredicto de no culpabilidad por razón de demencia, Clancy no quedaría libre. Sería internada en un hospital psiquiátrico estatal. Estaría sujeta a revisiones periódicas.
Además, una campaña de donaciones a favor de los padres de Clancy superó los 830.000 dólares, según reportó Fox News.
---
Aquí hay algo que vale la pena nombrar. Una defensa basada en enfermedad mental es legítima. Los tribunales existen para eso. Pero el fenómeno que rodea este juicio es otra cosa.
Cientos de personas se movilizan. Recaudan fondos. Dan entrevistas. Y en todo ese ruido, Cora, Dawson y Callan casi no existen. Tres niños menores de seis años. Estrangulados en su propia casa.
La doble vara es brutal. Si el acusado encaja en cierta narrativa, la empatía fluye sin límite. Las víctimas esperan. Mandel lo dijo sin rodeos. Que no te lo cuenten otros.



