No fue un gesto ensayado. El presidente Donald Trump interrumpió su discurso ante la Academia de Policía del Condado de Nassau, en Long Island, para bajar del escenario y abrazar a los padres de Jacob Freytes, el niño de 12 años asesinado por una bala perdida en el Bronx.
Trump había mencionado el caso segundos antes: «Hace dos semanas, un niño de 12 años llamado Jacob Freytes fue trágicamente baleado y asesinado por una bala perdida disparada por un delincuente reincidente en un tiroteo». Luego preguntó si la familia estaba presente. Lo estaba.
El presidente dejó el micrófono, cruzó el salón y abrazó a Migdalia Martinez, madre del niño, y al sargento retirado del NYPD Jesús Freytes, su padre. La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, documentó el momento en video y lo describió como «un hermoso gesto espontáneo».
Al regresar al podio, Trump fue directo: «Increíble. Una historia horrible. Qué cosa tan horrible. Pero vamos tras ellos. Son personas malas y enfermas».
Jacob Freytes estaba sentado en su bicicleta frente a una bodega cuando lo alcanzó la bala. El disparo no iba dirigido a él: fue el resultado de un enfrentamiento entre delincuentes, uno de ellos con antecedentes. Su muerte ha impulsado a legisladores republicanos en Nueva York a presentar la llamada «Ley de Jacob», que endurecería las penas para criminales cuyas acciones temerarias causen la muerte de un menor.
Martinez describió la última vez que vio a su hijo con vida: «Le di un beso, salí, y siempre nos damos un besito de delfín. Salió a trabajar».
El acto se enmarcó en la campaña de la administración Trump contra el crimen, con énfasis en la persecución de reincidentes y en el respaldo a las fuerzas del orden.
Este es el tipo de historia que el relato oficial prefiere enterrar en estadísticas. Un niño en su bicicleta, frente a una bodega, muerto por un delincuente que ya debería haber estado entre rejas. La burocracia del sistema de justicia progresista de Nueva York lleva años priorizando la «reinserción» de reincidentes sobre la seguridad de familias como la de los Freytes. El resultado está a la vista. Que no te lo cuenten: mientras los alcaldes de santuario pelean contra ICE, los Jacob Freytes de cada barrio pagan la cuenta con su vida.



