La guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá escaló esta semana a un territorio que ya conocemos: el de los nombres. El presidente Trump anunció en Truth Social que su gobierno está dando «seria consideración» a cambiar el nombre del Lago Ontario por el de «Lago América», en respuesta directa a las amenazas del premier de Ontario, Doug Ford, de cortar el suministro eléctrico y de minerales críticos a territorio estadounidense.
No es la primera vez. El primer día de su regreso al Despacho Oval, Trump firmó una orden ejecutiva para renombrar el Golfo de México como Golfo de América. El patrón es claro: cuando la presión diplomática no basta, el simbolismo entra al ring.
El detonante inmediato fue el colapso de las negociaciones comerciales entre ambos países la semana pasada. Tras ese fracaso, Washington impuso aranceles del 50% sobre un rango de 20 mil millones de dólares en productos canadienses, entre ellos cerveza, queso y electrónicos. Ford respondió con dureza ante la AP: «Tenemos energía para 1.5 millones de hogares y negocios. Todo está sobre la mesa. Haré lo que sea necesario».
El primer ministro Mark Carney, por su parte, había prometido igualar los aranceles «dólar por dólar», aunque ahora señala que Canadá podría optar por un enfoque más quirúrgico. Sus aranceles de represalia están programados para entrar en vigor el 8 de septiembre.
Otro frente abierto: Carney alegó que una de las razones del colapso negociador fue una supuesta exigencia estadounidense de que Quebec adoptara el inglés en lugar del francés. Trump lo negó categóricamente en Truth Social, calificando la afirmación de «mentira fabricada por un primer ministro débil e ineficaz».
El contexto político no es menor. La disputa estalla a menos de tres meses de las elecciones de mitad de período en Estados Unidos, con potencial impacto en carreras senatoriales clave en Maine, Michigan, Ohio y Alaska. Canadá es el segundo socio comercial de Estados Unidos, solo detrás de México.
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Que no te lo cuenten. Lo que está en juego no es el nombre de un lago: es quién paga la factura del proteccionismo. Los aranceles del 50% sobre bienes canadienses son, en última instancia, un impuesto que recae sobre el consumidor y la empresa estadounidense que importa esos productos. La libre empresa no vive de guerras de nombres ni de tarifas punitivas; vive de intercambios voluntarios y cadenas de suministro predecibles.
Trump tiene razón en exigir reciprocidad comercial. Pero cuando la negociación se rompe y el instrumento elegido es el arancel masivo, el contribuyente de ambos lados del lago —sea Ontario o América— termina pagando la cuenta que los gobiernos no supieron saldar en la mesa.



