Roger Penske, dueño del Indianapolis Motor Speedway e INDYCAR, llevaba, según sus propias palabras al presidente, 20 años intentando organizar una carrera en Washington D.C. Doscientas once visitas a la capital. Cero resultados. Hasta que fue a ver a Trump.
«Cuando vino a ver a Trump, se resolvió en unos 15 minutos», dijo el presidente ante los medios este domingo durante la Freedom 250, la carrera celebrada en las calles de la capital federal.
La jornada superó todas las proyecciones. Los organizadores y medios locales habían estimado una asistencia de alrededor de 140,000 personas. Trump cifró la concurrencia real entre 300,000 y 350,000 asistentes — tanto que las autoridades cerraron los puentes de acceso. Los vuelos rasantes de bombarderos y cazas de la Fuerza Aérea de Estados Unidos con postcombustión encendida fueron tan bajos y ruidosos que, según reportes, activaron alarmas de autos en la zona.
El presidente también dio su consejo a los pilotos antes de la largada. Sin rodeos: «Diviértanse». Explicó su lógica con la misma franqueza: «No quiero decirles 'tengan cuidado' porque es un pensamiento negativo. Si empiezas a pensar así, en general no vas a ganar».
Antes del inicio de la carrera, Trump dio una vuelta al circuito en su vehículo blindado presidencial, conocido como The Beast.
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El episodio de Penske y sus 211 visitas fallidas no es anécdota: es radiografía. Dos décadas de gestiones, reuniones, permisos y burocracia federal que no llegaron a ningún lado. Un cuarto de hora con la administración correcta y el evento se hizo realidad — y a una escala que, según el propio Trump, superó lo que cualquiera había imaginado.
Eso es lo que ocurre cuando quien toma decisiones tiene incentivos para decir que sí en lugar de incentivos para proteger su escritorio. El aparato estatal no bloqueó la Freedom 250 por razones de seguridad ni de interés público: la bloqueó porque nadie tenía prisa en desbloquearlo. Que no te lo cuenten de otra manera.



