Los números no mienten, aunque la Casa Blanca prefiera no hablarlos.
Un informe de mayo pasado revela que Donald Trump pesa 238 libras —107.9 kilos—, frente a las 215 libras —97.5 kilos— que registraba en 2023, cuando fue acusado en Georgia por interferencia electoral. El aumento: 10.4 kilos en tres años.
Con una estatura de 1.90 metros, Trump se encuentra a apenas 1.6 libras —unos 720 gramos— de ser clasificado clínicamente como «obeso», según datos recopilados por The Washington Post, que el propio medio aclara que «no están del todo claros».
El último año fue especialmente llamativo. La propia Casa Blanca admitió que el presidente subió 6.35 kilos en ese período, y fue visto públicamente con moretones en las manos e hinchazón en los tobillos. Ante las preguntas sobre su peso, la Casa Blanca no respondió, aunque argumentó que Trump «tiene buena resistencia y energía».
Sus médicos, por su parte, dijeron estar «impresionados con su energía, agilidad mental y otros indicadores». Pero la recomendación de fondo no cambia: perder peso, mejorar la dieta y hacer actividad física constante.
Scott Kahan, director del Centro Nacional para el Peso y el Bienestar, fue directo: «Abordar la obesidad para proteger la salud del presidente debería ser una prioridad, al igual que garantizar la protección del Servicio Secreto para su vida».
Ronny Jackson, médico de Trump durante su primer mandato, declaró que le dijo al entonces presidente que «podía mejorar su alimentación y que estaría un poco más sano si hacía ejercicio y perdía algo de peso, pero aparte de eso, estaba en una forma física excepcional para su edad». Los números de hoy superan los de aquel primer mandato, cuando Trump alcanzó las 236 libras.
Trump no ha negado su afición a la comida rápida ni su rechazo al ejercicio intenso. Juega golf los fines de semana y mantiene una agenda semanal activa.
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Que no te lo cuenten. La salud de un presidente en funciones es un asunto de Estado, no de tabloides. Si la Casa Blanca se niega a responder preguntas básicas sobre el peso de Trump mientras sus propios médicos piden cambios de hábito, el silencio institucional no protege al presidente: lo expone. Los votantes que pusieron su confianza en Trump merecen transparencia, no evasivas. La fortaleza del liderazgo no se mide solo en agenda y golf dominical.



