El presidente Trump anunció el domingo que ordenó al Pentágono «reducir sustancialmente los ejercicios militares conjuntos» con Corea del Sur. Sus justificaciones, según su propia publicación en redes sociales: su «muy buena relación» con el dictador Kim Jong-un y la supuesta falta de apoyo de Seúl a Washington en su conflicto con Teherán.
El problema es que esa segunda justificación contradice lo que Trump mismo dijo hace cinco meses: «NUNCA» necesitamos a Corea del Sur para reabrir el Estrecho de Ormuz. Ahora resulta que sí la necesitaba. La contradicción no es menor: proyecta improvisación ante aliados y adversarios por igual.
Sin portaaviones en el Indo-Pacífico
El momento es particularmente delicado. El Pentágono reposicionó recientemente el USS George Washington desde el Indo-Pacífico al Golfo Pérsico para relevar al USS Abraham Lincoln. El resultado: ningún portaaviones estadounidense opera actualmente en Asia Oriental ni en sus proximidades. A eso se suma, según la fuente, el agotamiento de misiles Tomahawk y otras plataformas de largo alcance que serían necesarias en un escenario con China. Trump está combinando un problema de capacidades con un problema de criterio.
Xi Jinping toma nota
Xi Jinping lleva años calibrando a Trump. Ha visto al presidente acusar a Zelensky de provocar la guerra con Rusia, regañar a Taiwán para que «baje la temperatura» con Pekín y retrasar ventas de armas a Taipéi. Ahora suma la reducción de ejercicios con Seúl. La lectura que cualquier déspota antiestadounidense puede extraer es sencilla: convence a Trump de que eres «inofensivo y respetuoso» y cosecha concesiones unilaterales de Washington.
El desafío de Corea del Norte no es la falta de presidentes negociadores ni socios difíciles en Seúl, sino la ideología comunista de Pyongyang, el fracaso histórico de Washington en impedir su nuclearización y décadas de políticas que han oscilado entre la confrontación y la conciliación.
Lo que está en juego
América tiene interés directo en que Pyongyang no unifique la península bajo su bandera y en que Kim permanezca contenido. Esos intereses no dependen del comportamiento de Seúl: dependen de la disuasión. Cancelar los ejercicios conjuntos erosiona esa disuasión sin obtener nada concreto a cambio.
Desde Contrafuego valoramos que Trump haya presionado a los aliados a financiar su propia defensa —algo que sus predecesores evitaron por comodidad diplomática—. Pero una cosa es exigir que los socios paguen su parte y otra muy distinta es regalarle a Kim Jong-un y a Xi Jinping la señal que llevan años esperando: que la alianza entre Washington y Seúl tiene precio de remate. El libre mercado de la seguridad no funciona cuando uno solo de los lados pone las fichas sobre la mesa. Esa es la doble vara que Trump aplica hoy en el Pacífico, y Beijing ya está tomando nota.



