Anna Faris, actriz de 49 años y ex esposa de Chris Pratt, admitió públicamente que cuestiona de forma sistemática las convicciones provida y conservadoras de su hijo Jack, de 14 años. Lo hizo en el podcast «Dear Chelsea», de la comediante Chelsea Handler.
Faris describió a Jack como alguien «sólido como un remolcador, emocionalmente», y reconoció que le impresionan sus respuestas. Aun así, dejó claro que no deja pasar sus posiciones sin cuestionarlas. «Intento desafiarlo. Le digo: '¿Crees que es un lujo que puedas ser provida?'», relató. La respuesta del adolescente, según ella: «Quizás».
Sobre la fe de su hijo, Faris —quien dijo no haber crecido en un entorno religioso— admitió que le señala lo que ella considera «hipocresía» dentro del mundo cristiano. «Le digo: '¿Qué piensas de ese megapastor que es una especie de estafador?'», contó. Jack, según su madre, respondió que los megapastores «son lo peor», lo que Faris interpretó como una señal de progreso: «Está llegando ahí».
Faris también reveló que Jack le ha pedido que se convierta al cristianismo y acepte a Jesús como su salvador. Ella indicó que no es creyente en este momento, pero sugirió que lo consideraría. «Va a requerir muchas conversaciones largas», dijo que le respondió a su hijo.
Faris y Pratt estuvieron casados desde 2009. Jack nació en 2012. Pratt ha hablado abiertamente de su fe cristiana y de cómo el nacimiento prematuro de Jack fortaleció su creencia en Dios. Tras la separación en 2017, Pratt contrajo matrimonio con Schwarzenegger en 2019; tienen tres hijos juntos. Faris se casó con el cinematógrafo Barrett en 2021.
Que no te lo cuenten. Una madre que describe con orgullo cómo «desafía» las convicciones de su hijo adolescente no está fomentando el pensamiento crítico: está aplicando presión ideológica sobre un menor que, por cierto, la resiste con más madurez de la que ella parece reconocerle. El detalle más revelador no es que Faris discrepe de Jack, sino que celebre cada señal de duda en él como un avance. Eso no es diálogo; es adoctrinamiento con buenas maneras. El chico, mientras tanto, responde con calma, defiende sus ideas y hasta invita a su madre a explorar su fe. La doble vara es perfecta: si un padre conservador admitiera presionar así a un hijo progresista, los titulares serían muy distintos.



