Mientras Marvel y DC siguen llenando salas con explosiones galácticas, Angel Studios acaba de distribuir la mejor película de superhéroes del año. Sin trajes, sin efectos especiales, sin ciudad destruida. Solo dos hombres, una mesa pequeña y el destino de la civilización.
«The Brink of War», dirigida por Michael Russell Gunn, regresa a 1986: el año en que el arsenal nuclear mundial alcanzó su pico de la Guerra Fría con casi 70.000 ojivas, según recoge la cinta. Reagan llega a Islandia para la Cumbre de Reikiavik con el secretario general soviético Gorbachev. El presidente ni siquiera quiere llamarla cumbre. «Las cumbres no nos han llevado a ningún lado», dice. «Llamémoslo simplemente una reunión.»
Jeff Daniels interpreta a Reagan con los modales y la franqueza campechana del Gipper. Jared Harris construye un Gorbachev que, con el lunar en la frente incluido, evita el acento ruso que los actores anglosajones casi nunca logran bien, y en cambio pliega afectaciones eslavas en su inglés. El resultado es una actuación creíble, no una caricatura.
Gunn filmó en la propia Casa Hofdi, el escenario real de las negociaciones, incluso en las sillas donde Reagan y Gorbachev se sentaron. El encierro claustrofóbico sirve al relato: la suerte de la civilización se juega en dos hombres que se niegan a ceder a través de una mesa pequeña.
La película no escatima en los golpes al comunismo. Cuando un funcionario soviético sugiere que llamar «fútbol nuclear» al maletín de emergencia del presidente delata debilidad, el secretario de Estado Shultz responde: «Sí, gulag suena mucho mejor que prisión de tortura inhumana en Siberia». Raisa Gorbacheva, cubierta de pieles de sable, proclama que en la Unión Soviética «todos somos verdaderamente iguales». El guion no necesita subrayarlo.
El punto central de la cinta es la negativa de Reagan a abandonar la Iniciativa de Defensa Estratégica —el programa apodado «Guerra de las Galaxias»—, que Gorbachev exige confinar al laboratorio. La cumbre termina sin acuerdo formal, pero las negociaciones abrieron el camino al Tratado INF de 1987 y demostraron que las reducciones masivas de armamento eran posibles.
El crítico Khachatrian, en su reseña para el Washington Examiner, señala que la película produce una pregunta incómoda: ¿cómo pueden estudiantes universitarios occidentales adinerados fantasear con un sistema económico cuyo líder, en la propia película, admite que la Unión Soviética no puede fabricar ordeñadoras ni tractores para alimentar a su pueblo?
Buena pregunta. Y aquí está la lectura de la casa.
Lo que «The Brink of War» recupera no es nostalgia: es el contraste entre un estadista que negoció sin conceder equivalencia moral entre libertad y tiranía, y la política exterior de espectáculo que hoy se practica en 280 caracteres. Reagan entendió que la paz no exige fingir que los dos sistemas al lado de la mesa son intercambiables. Ese principio —libre albedrío contra aparato estatal, libre empresa contra planificación central— sigue siendo el eje de todos los debates que importan. Que no te lo cuenten.



